EL OTRO
EXTREMO.
CARTA A UN SACERDOTE
AMIGO
Ignacio Falgueras Salinas
Reverendo Padre y querido amigo:
Hace unos días, asistiendo a una misa celebrada por Vd., le oí decir, con harto
dolor de mi alma, que el aserto “extra
Ecclesiam nulla salus” era una doctrina de s. Agustín que había quedado anulada
en nuestros días por el Concilio Vaticano II, el cual habría proclamado, según creí
entenderle, la salvación universal de los hombres. Casualmente, por esos mismos
días acababa yo de redactar y mandar para publicación una carta sobre ese dogma
dirigida a una persona que sostenía, al igual que Vd., que el último concilio (y
el Papa anterior) lo habían anulado, pero con las consecuencias contrarias,
pues estando bien informada acerca del valor doctrinal del “extra Ecclesiam nulla salus”, que no es
una doctrina particular, sino definida por la Iglesia, según ella tanto
el Concilio como el Papa habrían violado la doctrina infalible del magisterio
eclesial sobre la salvación, por lo que se veía «obligada» a declarar a la Iglesia desprovista de
cabeza visible («sede vacante») durante
el Concilio Vaticano II y el Pontificado de Juan Pablo II. En su predicación
vino Vd. a dar razón, sin saberlo, a la acusación de estos otros católicos
tentados gravemente en su fe, quienes en vez de tener al Concilio y al Papa como
verdaderos adversarios, en realidad se enfrentan contra malentendidos que, como
el manifestado por Vd., se difunden sin fundamento (pero también contra el sensus fidei) entre algunos otros
católicos. «Los extremos se tocan», dice el refrán popular. Lo que tienen en
común ambas falsas opiniones es la afirmación de que el Concilio Vaticano II y
el Papa Juan Pablo II han ido contra el aserto “extra Ecclesiam nulla salus”; en lo que se diferencian es en la
comprensión del mismo, que los «sedevacantistas» saben que es doctrina
fundamental de la Iglesia,
y que los otros estiman un error
meramente histórico de algunos creyentes, al que fueron inducidos por s. Agustín,
y del que hemos sido liberados por el último concilio.
Nada más terminar la misa fui a
hablar con Vd., pero apenas pudimos intercambiar más que una breve y acalorada
conversación, en la que chocaron nuestras tesis, y que quedó inacabada, pues le
apremiaban a Vd. otras labores pastorales. Reafirmándome en el respeto que como
a sacerdote de Cristo le tengo, le ruego me perdone lo atolondrado de mi
exposición en aquellos momentos. Y para compensar aquellos defectos le escribo
estas páginas con toda mi atención y cariño, en la esperanza de que prevalezca
sobre mis debilidades la fe de la Santa Iglesia.
Procederé, en lo que sigue, a
establecer, primero, la enseñanza del Vaticano II en torno a la salvación de
los hombres, que, como ya he mostrado en el escrito “Extra Ecclesiam nulla salus”, no sólo no contradice este dogma,
sino que lo reafirma múltiples veces. A esa tarea corresponderá la primera
parte de esta carta. En la segunda parte, estudiaré el origen histórico del dogma
–que no está en s. Agustín, aunque lo tenga a él entre sus primeros expositores–,
así como su significado preciso y su valor teológico.
I.- LA DOCTRINA DE LA IGLESIA, Y EN PARTICULAR
DEL VATICANO II, ACERCA DE LA SALVACIÓN DE LOS HOMBRES.
A fin de no repetir lo que ya quedó
consignado acerca de la doctrina de la Iglesia y del Vaticano II en el anterior escrito más
arriba mencionado, consideraré si la tesis de Vd. coincide con la doctrina del
Concilio, en el bien entendido de que su tesis quedaría resumida, según pude inferir
de nuestra breve conversación, en estos cuatro asertos: 1.-Cristo ha muerto por
todos, y todos los hombres han sido redimidos por Él; 2.-Su gracia ha sido derramada
en forma de semillas de la
Palabra en todas las religiones, es decir, a todos los
hombres; 3.-Luego, basta, por ejemplo, a un budista con ser buen budista para
salvarse; 4.-Por lo que la
Iglesia sería sólo un medio alternativo, que nos sirve a los
que creemos en ella, pero no es la única tabla de salvación, sino que
pertenecer a ella es sólo uno de los modos de poder salvarse.
I.1- Veamos el primer punto.
Ciertamente, Cristo ha muerto por todos
los hombres para redimirnos,
pero eso no implica que todos los hombres sean redimidos por Él, porque para
salvarse hace falta otra condición además de la gracia de Cristo, a saber, la
libertad humana que acepte esa gracia.
Precisamente, ha sido mérito del Concilio Vaticano II el haber recalcado algo
que la Iglesia
sabía por las enseñanzas de su Fundador y había repetido desde siempre, aunque
no siempre todos los cristianos hayan respetado en sus obras, a saber: que Dios
respeta la libertad del hombre, y sólo lo salva si el hombre acepta su gracia.
He aquí las palabras del Concilio:
“el hombre, redimido por Cristo Salvador y
llamado por Jesucristo a la filiación adoptiva, no puede adherirse a Dios, que
se revela a sí mismo, a menos que atraído por el Padre, rinda a Dios el
obsequio racional y libre de la fe” (Dignitatis
humanae, n. 10).
Y también:
“hay que anunciar al Dios vivo y
a Jesucristo enviado por Él para salvar a todos, a fin de que los no cristianos,
bajo la acción del Espíritu Santo que abre sus corazones, creyendo se
conviertan libremente al Señor y se unan a Él con sinceridad”, (Ad gentes, n. 13)
Y para mayor
claridad nos indica cómo esa doctrina fue enseñada por nuestro Señor:
“Dios llama ciertamente a los hombres a
servirle en espíritu y verdad, en virtud de lo cual éstos quedan obligados en
conciencia, pero no coaccionados. Porque Dios tiene en cuenta la dignidad de la
persona humana que Él mismo ha creado, la cual debe regirse por su propia determinación
y gozar de libertad. Esto se hizo patente sobre todo en Cristo Jesús en quien
Dios se manifestó perfectamente a sí mismo y descubrió sus caminos…Finalmente,
al consumar en la cruz la obra de la Redención, con la que adquiría para los hombres
la salvación y la verdadera libertad, completó su revelación. Dio, en efecto,
testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le
contradecían. Porque su reino no se defiende a golpes, sino que se establece
dando testimonio de la verdad y prestándole oído…” (Ibid., n. 11).
Que Cristo haya
muerto por la redención de todos no significa, por tanto, que todos hayamos
sido salvados, sino sólo aquellos que acepten libremente ser redimidos por Él.
S. Agustín, una vez más, lo había dicho con la claridad y lucidez que le
caracteriza: “Dios que te hizo sin ti, no
te justifica sin ti”.
Lo que la muerte de Cristo garantiza es que no puede haber ni un solo hombre
que en algún momento de su vida (de un segundo o de cien años de duración) no
reciba el ofrecimiento de Su gracia. La diferencia entre la oferta de la gracia
redentora de Cristo y su aceptación por parte de los hombres es sugerida por el
Maestro en la fórmula de la consagración del cáliz que nos conservaron los
evangelios de s. Mateo y de s. Marcos: “Ésta
es mi sangre de la Alianza,
que es derramada por muchos (Mc
14, 24) para el perdón de los pecados”
(Mt 26, 28). No es que Cristo no haya
muerto por todos, sino que sólo «muchos» aprovechan el derramamiento de su
sangre.
Por otra parte, en Dios nada es
mecánico ni automático, sino todo espiritual y libre. Lo mismo que la
presciencia divina no fuerza a hacer el mal a nadie,
tampoco su gracia constriñe a obrar el bien ni a salvarse. Ningún ser humano es,
ni fue, ni será salvado más que por la conjunción de la gracia de Cristo y de
su libertad. En consecuencia, aunque Cristo haya muerto por todos, nadie está necesariamente redimido.
Por si quedara alguna duda
acerca de la libertad del acto de fe, esto es lo que nos dice el Vaticano II:
“La
Iglesia prohíbe
severamente que a nadie se obligue, o se induzca, o se atraiga por medios
inapropiados a abrazar la fe, lo mismo que exige el derecho de que nadie sea
apartado de la fe con vejaciones y amenazas” (Ad gentes, n. 13).
Este texto expresa la
consecuencia práctica, para los creyentes, de la libertad intrínseca del acto
de fe,
querida por Dios, quien no coacciona a creer, aunque sí nos lo exija moralmente.
En definitiva, Cristo ha muerto
por todos los hombres, pero sólo los que creen en Él y aceptan libremente su
redención se salvan.
I.2.- La gracia de Cristo se ha dado en forma de semillas de la Palabra en todas las
religiones, es decir, a todos los hombres.
Es cierto que el Concilio
respeta y valora todas las religiones de todos los tiempos:
“Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días
se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza
misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los
acontecimientos de la vida humana, y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e
incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con
íntimo sentido religioso…/ La Iglesia católica no rechaza nada de lo
que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto
los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que
discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un
destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia
y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el
Camino, la Verdad
y la Vida"
(Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y
en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas.
/ Por consiguiente, exhorta a sus
hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con
los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana,
reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así
como los valores socio-culturales que en ellos existen” (Nostra aetate, n.2).
Nótese, no obstante, que en este
texto se dice que la Iglesia
no rechaza lo que de verdadero y de bueno
se halla en las religiones, pero eso no significa que valore positivamente todo lo que hay en ellas, es decir, lo
que de erróneo y de malo (por comisión u omisión) haya en ellas. Más aún,
cuando alude a las hondas discrepancias de sus preceptos y doctrinas con los de
la Iglesia,
dice escuetamente que las respeta, pero sólo valora positivamente los vestigios
o destellos que contengan de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres, y
que es la que ella anuncia. Del mismo modo, nos exhorta a guardar y promover
los bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que
existan en las religiones, pero no las aberraciones ni lo abominable que se
profesen en ellas. ¿Qué respeto pueden merecer el canibalismo, los sacrificios
humanos, las supersticiones o la poligamia, etc., por muy religiosamente que se
los practique? Precisamente los errores y desviaciones morales de las
religiones suelen servir de razón justificante para el ateísmo, fenómeno que no
es originario, sino derivado,
y que la Iglesia
reprueba expresamente,
por lo que debe entenderse que reprueba también sus causas, entre las que, como
digo, se cuentan los defectos de las religiones.
Así mismo en la Lumen gentium se declara:
“La
Iglesia aprecia
todo lo bueno y verdadero que entre ellos (los que sin culpa buscan a Dios y se
esfuerzan por vivir con honradez) hay, como una preparación evangélica, y dado
por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida” (n.
16).
Sin embargo, inmediatamente
después de esta declaración de aprecio, el Concilio señala que los hombres se
extravían muchas veces, por engaño del Maligno y por sus falsos pensamientos,
sirviendo a las criaturas en vez de al creador. Además, esa valoración de lo
bueno que se halle en todas las religiones no la hace el Concilio por igual, pues
se refiere por separado al judaísmo, al islamismo y a las religiones politeístas,
animistas, etc. Es cierto que las respeta a todas, pero es obvio que no las puede
valorar a todas del mismo modo. Por lo demás, el Concilio no se pronuncia sobre
las sectas destructivas, cuya proliferación es un fenómeno posterior, pero que tienen,
en la conciencia de muchos de los que se adhieren a ellas, una motivación
religiosa, ¿acaso habría que valorarlas positivamente? ¿Y los cultos satánicos?
–El respeto de la Iglesia
por las religiones no puede ser mayor que el que ella tiene por la conciencia de
cada persona, el cual se reduce a no violentarla por coacción externa, pero no
consiste en aprobar como bueno todo lo que en conciencia se haga y se diga.
Sólo es aprobable lo que hagan los hombres con buena conciencia, cuando esa
conciencia esté bien formada, pero no
lo que hagan con pecado y maldad material, aunque sea hecho sin
mala conciencia. Es más, la
Iglesia no puede dejar de anunciar la verdad y de denunciar
los errores y maldades humanos, incluso los que se contienen en las conciencias
erróneamente buenas, y aun a riesgo
de que se conviertan en conciencias formalmente malas, porque la Iglesia, lo mismo que el
discípulo,
no puede ser más que su maestro: si Cristo es piedra de escándalo
y motivo de ruptura entre los hombres,
ella no puede pretender contentar a todos, sino que ha de ser también signo de
contradicción.
El «convertíos y creed en el evangelio» implica la acusación de pecado, que es
lo que no querían admitir los escribas y fariseos, cuya dureza de cerviz atacó
Cristo tan severamente,
de manera que quienes no reconocen sus pecados hacen mentiroso a nuestro Señor.
Es una tentación satánica, de la más subida soberbia, creernos mejores que
Dios, más listos y más respetuosos que Jesucristo, su Hijo, o sea, creer que
hacemos mejor silenciando el evangelio en sus partes más duras e impopulares, en
cada momento histórico, para poder atraer así a los hombres. La fuerza del
evangelio, Palabra de Dios, está en la manifestación de la verdad revelada íntegra,
no en el silenciamiento u omisión de algunos de sus contenidos.
Así lo confirma otro documento del
Vaticano II:
“Esfuércense,
además, los cristianos, caminando con sabiduría, por difundir ante los de fuera
en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad (2 Co 6,
6-7), la luz de la vida con toda confianza y fortaleza, incluso hasta el
derramamiento de sangre. / Porque el discípulo tiene la obligación grave para
con Cristo Maestro de conocer cada día más la verdad que de Él ha recibido, de
anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluidos los medios
contrarios al espíritu evangélico. A la vez, empero, la caridad de Cristo le
acucia para que trate con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven
en el error o en la ignorancia de la fe. Deben, pues tenerse en cuenta tanto
los deberes para con Cristo, Verbo vivificante, que hay que predicar, como los
derechos de la persona humana y la medida de la gracia que Dios, por Cristo, ha
concedido al hombre, que es invitado a recibir y profesar voluntariamente”
(Dignitatis humanae, 14).
Si hay que
predicar el evangelio con fortaleza y hasta el derramamiento de la sangre, será
porque hemos de llevar la contraria a los errores y maldades de los hombres y
de sus religiones, de lo contrario, si les adulamos alabando sus yerros y malicias,
¿qué peligro podría haber?; si hemos de anunciar fielmente la verdad y de defenderla con valentía, será porque hemos de denunciar lo que la verdad
(Cristo) nos enseña que es erróneo o malo. El equilibrio entre el anuncio de la
verdad y el respeto por las religiones, así como de la conciencia ajena, no
lleva consigo el silencio ante el error y el consentimiento en el mal moral,
sino la denuncia de ambos sin el empleo de la coacción.
Además, según ya he dicho, el
Concilio sólo valora positivamente en las religiones lo que es fruto de la
acción del Espíritu Santo, la cual no es en ellos una revelación directa, sino una
semilla de la Palabra que pertenece a la Iglesia. Desde luego, como el
Espíritu sopla adonde y como quiere, esas semillas son dispares y dispersas,
por lo que no existe ninguna religión meramente humana que tenga todas las
semillas, sino sólo una dispersión de semillas de la Palabra entre las diversas
religiones.
Pero si admitiéramos, no
obstante, que, por hipótesis fingida, hubiere alguna religión meramente humana que
poseyera todas las semillas de la verdad, en realidad esa religión no poseería
otra cosa que «semillas», o sea, verdades
y gracias en germen o por desarrollar con la doctrina y los dones de
Cristo. Conviene prestar atención, pues, al símbolo de la semilla. Y precisamente,
en el símbolo de la semilla, tan evangélico,
se contiene que, si no cae en tierra buena, y no recibe las labores debidas ni
el beneficio de lluvia, no crecerá ni se hará árbol; es decir, en el símbolo está
implícito que las semillas por sí solas no dan frutos de vida eterna. Al estar
rodeadas de elementos adversos, errores, pecados y malas costumbres, se secarían
y desaparecerían, salvo que la propia gracia de Cristo las rescatase y
redimiese. Las semillas de la
Palabra y de la gracia no son ni la verdad ni la redención completas,
sino que todo su valor estriba en ser preparación
para el evangelio, es decir, en disponer a los hombres para recibir la
buena noticia, pero ellas ni son todavía la buena noticia ni tampoco son suficientes
para la salvación.
Según el Concilio, las semillas
de la Palabra
están insertas en las culturas y tradiciones humanas,
no directamente en las personas, de manera que, aunque hayan nacido de dones
divinos otorgados a algunas personas, sólo benefician a aquellos que tomándolas
de su cultura las hacen personalmente suyas. No son, por tanto, como los
sacramentos, que confieren la gracia ex
opere operato, ni como la proclamación del evangelio, que mueve
personalmente a la fe, sino que son sólo indicios para que los hombres puedan
desear y reconocer la verdadera revelación. En esa medida cabe decir que ellas
sensibilizan al hombre para poder recibir el anuncio del Evangelio, que les
está dirigido, y para desear la salvación, a la que están llamados, pero no
pasan de ser más que cierta predisposición favorable, porque las meras semillas
no son ellas mismas tal anuncio ni salvación. Así lo expone el Vaticano II:
“porque estos esfuerzos (con los que
los hombres buscan de muchas maneras a Dios, para ver si a tientas le pueden
encontrar) necesitan ser iluminados y sanados, aunque, por benigna
determinación del Dios providente, pueden tenerse alguna vez como pedagogía
hacia el Dios verdadero o como preparación para el Evangelio” (Ad gentes,
n. 3).
El
esfuerzo humano de búsqueda para encontrar a Dios es la esencia misma de la religión.
En ese esfuerzo las semillas de la
Palabra representan una «pedagogía hacia el Dios verdadero» y
una «preparación evangélica» puestas en
marcha por el Dios providente, pero no son la meta, sino hitos en el camino
que orientan hacia Cristo y que requieren aún ser acompañadas por su luz y su
gracia, para que crezcan y den fruto. Y, aun siendo pedagogía divina
y preparación evangélicas, no se pueden equiparar a la plena preparación del
Evangelio, que es el Primer Testamento. El Primer Testamento
contiene no semillas de la
Palabra, sino la
Palabra de Dios, y sus ritos (circuncisión, presentación,
etc.) conferían la gracia no ex opere
operato, sino en virtud del Mesías prometido, lo que tras su venida han
dejado de hacer.
Pero si el Primer Testamento, aún siendo la preparación elegida y directa del
Evangelio, hubo de ser llevado a cumplimiento y perfección por el Segundo,
¡cuánto más no habrán de ser corregidas y completadas las semillas de la Palabra, dispersas y
rodeadas de errores en las religiones!
No se olvide, además, que todos
nacemos con el pecado de origen, de manera que ni tenemos un conocimiento
adecuado de Dios ni agradamos a Dios con las obras buenas que hacemos por ser humanamente
buenas, sino cuando son hechas con la fe y la caridad que otorga la gracia
salvadora de Cristo.
Como consecuencia del pecado original,
“Los preceptos de la ley natural no son
percibidos por todos de una manera clara e inmediata. En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al
hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas
"de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de
error" (Pío XII, Enc. "Humani generis": DS 3876). La ley natural
proporciona a la Ley
revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y otorgado a la obra del
Espíritu” (Catecismo de la Iglesia católica, n.
1960).
Para que den fruto, las semillas
de la Palabra
han de ir acompañadas del cumplimiento íntegro de la ley natural, que sólo la
revelación y la gracia cristianas otorgan de modo pleno. Ni tampoco se olvide
que, por muchas buenas obras que hagamos, incluso los creyentes en Cristo, sin
la fe viva en el salvador las obras no nos salvarán, lo mismo que no nos
salvará la sola fe sin las obras: se requiere la unidad de vida que sólo el don
de Dios hecho hombre comunica a los humildes y penitentes. No somos los hombres los que nos salvamos a nosotros mismos, sino
nuestra aceptación de la
Misericordia de Dios hecha carne, en el modo y en la hora en
que ella lo determine.
Como dijo s. Pedro, Dios quiere
que todos los hombres se conviertan: “Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor
no tarda en cumplir su promesa, sino que obra pacientemente con vosotros, no
queriendo que perezcan algunos, sino que todos vengan a penitencia” (2 Pe 3, 8-9). Todo ser humano tiene, para
salvarse, que volver a Dios, o sea, convertirse; no tengamos más prisa que Dios
por salvar a los hombres, pretendiendo que lo hagan sin arrepentirse, sin ser iluminados y sanados por el Hijo de Dios.
Por todo lo anterior, para
engendrar la vida nueva de Cristo, sin la cual no hay salvación, el Espíritu
Santo ha de obrar en nosotros más que la simple siembra de esas semillas:
“El Espíritu Santo, que llama a todos los
hombres a Cristo por las semillas de la Palabra y la predicación del Evangelio y suscita
el homenaje de la fe en los corazones, cuando engendra para una nueva vida en
el seno de la fuente bautismal a los que creen en Cristo, los congrega en el
único pueblo de Dios, que es linaje escogido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo de adquisición (1 Pe 2, 9)”
(Ad gentes, n. 15).
Este texto reúne los cuatro pasos
que recorre la llamada del Espíritu dirigida a todos los hombres para que vayan
a Cristo: (i) la siembra de la semilla de la Palabra, (ii) la predicación del evangelio, (iii)
la suscitación del obsequio de la fe –o sea, la aceptación libre de ella como
don por parte del hombre–, tras de lo cual se está capacitado para recibir en
su plenitud la gracia redentora de la cruz (sea sacramental o extrasacramentalmente),
y (iv) la integración en la
Iglesia. Tener, por consiguiente, semillas de la Palabra no convierte en suficientemente
verdaderas ni salvíficas a las religiones, sino sólo en idóneas para ser
redimidas por la verdad y la gracia de la nueva vida, cuyo lugar de asiento es la Iglesia.
I.3.- Luego basta, por ejemplo, a un budista con ser un buen budista para
salvarse.
Cualquiera puede ver que esta
conclusión no se sigue, en modo alguno, de la doctrina del Concilio. Lo más que
cabe concluir es que un buen budista puede ser también salvado por Cristo, cuando
se convierta en su corazón y crea que Él es el Hijo de Dios, hecho hombre para
salvarnos. Es más, parece que eso mismo se ha de decir de un mal budista, sobre
todo habida cuenta de la
enseñanza evangélica según la cual los publicanos y las meretrices precederán a
muchos en el reino de los cielos (Mt
21, 31-32): están mejor dispuestos para la redención quienes se saben pecadores
que quienes se creen justos. Por lo que
las semillas de la Palabra
no parece que ofrezcan ventajas especiales a quienes son cumplidores de los
preceptos de una mera religión sobre aquellos que no lo son, con tal de que estos
últimos sigan siendo en su fondo personas religiosas, pues ellas sólo orientan
y preparan para el encuentro con Cristo redentor, que no vino a llamar a
los justos, sino a los pecadores (Mt
9, 13).
Mas como la referencia al
budismo se hace a título de ejemplo, en el fondo lo que se afirma en la tesis
arriba enunciada es que toda buena persona se salva. Contra los que deducen eso
del Concilio alzó su voz Pablo VI con estas palabras:
“Con demasiada frecuencia y bajo formas
diversas se oye decir que imponer una verdad, por ejemplo, la del Evangelio,
que imponer una vía, aunque sea la de la salvación, no es sino una violencia
cometida contra la libertad religiosa. Además, se añade, ¿para qué anunciar el
Evangelio, ya que todo hombre se salva por la rectitud del corazón? Por otra
parte, es bien sabido que el mundo y la historia están llenos de «semillas del
Verbo». ¿No es, pues, una ilusión pretender llevar el Evangelio donde ya está
presente a través de esas semillas que el mismo Señor ha esparcido? /
Cualquiera que haga un esfuerzo por examinar a fondo, a la luz de los
documentos conciliares, las cuestiones que tales y tan superficiales
razonamientos plantean, encontrarán una bien distinta visión de la realidad”
(Evangelii Nuntiandi, n.80).
Si fuera verdad
que a todo hombre le bastara para salvarse con ser un buen hombre, o con seguir fielmente su religión, el anuncio del
evangelio no sería más que un obstáculo o complicación para la salvación de los
no creyentes. Ante todo, porque en tal caso el anuncio debería reducirse a
decirles: no os preocupéis, con lo que ya hacéis y sabéis os salváis; o sea, el
anuncio del evangelio equivaldría a la confesión de la superfluidad de ese
mismo anuncio. A lo que podrían responder ellos: ¿y para qué os molestáis en
decirnos lo que ya creemos? ¿Es eso todo lo que os ha enseñado Cristo: que cada
cual se quede en sus creencias y en sus religiones? Pero no sólo sería superfluo
tal mensaje, sino verdaderamente dañino, pues en el fondo lo que se estaría
diciendo es: no hace falta que busquéis más a Dios, ni la verdad, ni que os
convirtáis, pues la salvación ya la tenéis en vuestras religiones, cumplid sus
preceptos y os salvaréis.
Mas eso sería engañarlos, pues el hombre ha sido puesto en el mundo para buscar
a Dios (Hech 17, 27), y Cristo ha
venido para enseñar el Camino, la
Verdad y la Vida
a los que los buscan. Ahora bien, si el Camino enseñado por Él fuera cualquier
camino, la Verdad
fuera cualquier creencia y la Vida
fuera cualquier modo humanamente honesto de vivir, no nos habría enseñado otra
cosa que el indiferentismo.
Si dijéramos, pues, que basta para salvarse con seguir cualquier religión,
entonces evacuaríamos el mensaje evangélico, cuyo anuncio es “convertíos y creed en el evangelio” (Mc
1, 15). Toda la labor misionera, puesta en marcha por el mandato de Cristo: “id al mundo universo y predicad el evangelio
a toda criatura, el que creyere y fuere bautizado se salvará, el que no
creyere, se condenará” (Mc 16,
15-16), quedaría abortada. Las misiones se reducirían a tareas humanitarias que
se harían desde los países (que se creen a sí mismos) más cultos y ricos a los (que
creen) más pobres e incultos, es decir, podrían ser substituidas sencillamente por
las ONG. El mensaje salvífico habría sido erradicado de la actividad de la Iglesia, o, lo que es igual,
dejaríamos a los hombres abandonados a sus errores, terrores y pecados.
No debemos, pues, confundir el
respeto a la conciencia ajena, que la Iglesia nos manda tener, con la tesis de que la
mera buena conciencia salva a los hombres. S. Pablo lo dice abiertamente: “Me importa poco ser juzgado por vosotros o por
juicio humano. Pero tampoco me juzgo a mí mismo, pues aunque no me pesa nada en
la conciencia, eso, con todo, no me hace justo, antes bien quien me juzga es
Dios” (1 Co 4, 3-4). Es preciso obrar
con buena conciencia, pero la buena conciencia no es suficiente para complacer
a Dios: sin la gracia de Cristo, todos somos pecadores ante Él, desde los infantes
hasta los más honrados. El fariseo que subió a orar al templo tenía buena
conciencia, cumplía la ley y todos los preceptos religiosos, pero oraba mal, no
se reconocía pecador, y no fue justificado por su oración (Lc 18, 10-12); tampoco los escribas tenían problemas de conciencia,
sino que se creían buenos hijos de Abrahán, hombres perfectamente religiosos,
pero Cristo sacudió sus conciencias con toda dureza para que se convirtieran (Mt 23, 2-35). S. Pablo lo supo por sí
mismo, pues cuando todavía era Saulo perseguía en conciencia a los cristianos
hasta que Cristo lo descabalgó de su conciencia errónea. Y si la buena
conciencia sola no salva a los que conocen la Palabra de Dios, judíos y
cristianos, tampoco a los no cristianos.
En consecuencia, una cosa son el
respeto por las religiones, el diálogo interreligioso y el respeto por la
conciencia ajena,
pero otra muy diferente es que cualquier mera religión salve a los hombres,
pues –no tengo más remedio que repetirlo– fuera de Jesucristo Nazareno no hay
salvación: “y no hay salvación en ningún
otro, pues no ha sido dado a los hombres ningún otro nombre bajo el cielo en el
cual debamos salvarnos” (Hech 4,
12). Cuando se pretende que los hombres se salven por su sola y propia bondad, se cree uno más amigo de los hombres
que Cristo, que dio su vida por nosotros, y más misericordioso que el Padre,
que entregó a su propio Hijo para que todo el que crea en Él se salve: se cae
en gravísimo pecado de soberbia que ahoga toda posible redención.
I.4.- Por lo cual la Iglesia
sería sólo un medio alternativo, que nos sirve a los que creemos en ella, pero
no la única tabla de salvación.
Si se admitiera el punto I.3, habría
que concluir que la Iglesia
sería una religión más, o, como mucho, un medio alternativo instituido por Dios
para ayudar a algunos hombres, pero
no una misión divina necesaria para la salvación de todos los hombres. Ahora bien, eso no es lo que enseña el Concilio:
“Enseña (el sagrado concilio), fundado en la Escritura y en la
tradición de la Iglesia,
que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Pues sólo Cristo es
el mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia; y Él, inculcando
con palabras expresas la necesidad de la fe y del bautismo (Mc 16,16; Io 3, 5),
confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el
bautismo como puerta obligada. Por lo cual no podrían salvarse quienes sabiendo
que la Iglesia
católica fue instituida por Dios por medio de Jesucristo como necesaria,
desdeñaran entrar en ella o no quisieran permanecer en ella” (Lumen gentium, n. 14).
En congruencia con
esa necesidad de pertenecer a la
Iglesia, se afirma:
“Todos los hombres son admitidos a esta
unidad católica del pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz universal y
a ella pertenecen de varios modos o están ordenados tanto los fieles católicos
como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general, llamados a
la salvación por la gracia de Dios” (Lumen
gentium, n. 13).
A la Iglesia, pues, o bien
pertenecen o bien están ordenados,
de varios modos, todos los hombres, en la medida en que están llamados a la
salvación. Por esa razón la
Iglesia es una y universal o católica, hasta el punto de que
el Concilio sostiene que:
“(Cristo) constituyó a su Cuerpo que es la Iglesia, como sacramento
universal de salvación” (Lumen gentium, n. 48).
Si la Iglesia, como Cuerpo de
Cristo, es sacramento universal de
salvación, no cabe que haya otro medio de salvación fuera de ella.
Por si lo anterior
fuera poco, el Concilio recoge expresamente
el aserto que Vd. cree que niega:
“En toda comunidad que participa del altar,
bajo el ministerio sagrado del obispo, se manifiesta el símbolo de aquella
caridad y «unidad del Cuerpo místico sin la que no puede haber salvación»”
(Lumen gentium n. 26).
El Cuerpo místico
es la Iglesia,
por lo tanto fuera de la unidad de la Iglesia no puede haber
salvación (non potest esse salus).
La cita referida por los Padres conciliares está tomada de la Summa Theologiae de Tomás
de Aquino III, 73, 3, in
c, quiérese decir con ello que la hacen suya.
A todo lo cual añade el Papa
Juan Pablo II:
“El hecho de que los seguidores de otras
religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo,
independientemente de los medios ordinarios que él ha establecido, no quita la
llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los pueblos” (Redemptoris missio, n. 55).
La Iglesia es el camino ordinario
para la salvación querido por Dios, y sólo ella posee la plenitud de los medios
de salvación para todos los hombres (Redemptoris
missio, l.c.). Quizás esta aclaración –unida a la afirmación de que no
pueden salvarse quienes, sabiendo que
la Iglesia
católica fue instituida por Dios por medio de Jesucristo como necesaria, no quieran entrar o permanecer en ella– suscite en algunos la cuestión de que,
si la Iglesia
es el camino ordinario, entonces es
que ella no es el único camino para la salvación: habría junto a ella otros
caminos, los extraordinarios, válidos para los que no saben que la Iglesia es camino de salvación
necesario.
Pero una cosa es que Dios tenga,
además de los ordinarios, medios ocultos para nosotros y extraordinarios de
salvar a los hombres, y otra que eso se haga por completo fuera de la Iglesia; o dicho de otro
modo: una cosa es que Dios salve a los hombres de modo no común, y otra que
todas o cualquiera de las meras religiones sean verdaderas y salvíficas. No. Sólo hay un camino para salvarse, y ése es
Cristo, cuya luz y gracia salvan a todo el que se salva. Y como Él es la
cabeza de la Iglesia,
nadie se salva fuera de la
Iglesia, sea por los dones ordinarios o por los
extraordinarios, que a ella también le pertenecen como Cuerpo de Cristo que es.
Es éste el momento de hacer
expresa la índole de la Iglesia. La
Iglesia es una misión histórica encomendada por Cristo a sus discípulos para
que continúen entre los hombres Su misión,
la cual todavía no ha alcanzado su objetivo final, sino que está en vías de consumarse.
Y puesto que la misión de Cristo fue un descenso del Verbo para que por Él
podamos ascender los hombres, la
Iglesia se parece a una especie de escala de Jacob
por la que, en vez de ángeles, bajan las gracias divinas hasta la tierra y suben
los hombres hasta el cielo. Por el principal de sus cabos esa escala está
anclada en el cielo desde la muerte y resurrección de Cristo (su cabeza), a la
cual acompaña, desde su asunción, María, la Madre del Señor, ambos corporalmente junto al
Padre. El tramo de la escala inmediato al anclaje está ocupado por el conjunto (creciente)
de los seres humanos cuyas almas han sido plenamente vivificadas por la muerte
de Jesucristo, entre los cuales se cuentan tanto los justos que vivieron antes
del Señor y esperaron en su venida, como los que habiendo vivido después de
Cristo aceptaron de Él el don de la perseverancia final y contemplan espiritualmente
la gloria del Resucitado. Los que están en este tramo están ya salvados y
felices, aunque todavía no hayan recibido la última gracia, la de la
resurrección de sus cuerpos. En el tramo inmediato están las almas que todavía
no gozan de la visión espiritual plena de la gloria de Cristo, sino que, aun
habiendo muerto cristianamente, purgan todavía sus pecados leves. De este tramo
al segundo hay un trasiego constante, y tanto a él como al anterior se agregan
sin cesar nuevos miembros, en la misma medida en que mueren en y con Cristo. Y,
por último, está el tramo final, el que es visible para los habitantes de este
mundo. Se trata del otro cabo de la escala. Recibe su firmeza y su vida del
anclaje de toda la escala, la cabeza de la Iglesia, pero tiene la forma de una navecilla que
se balancea según las mareas y el oleaje con que es zarandeada por la historia
humana. Esta navecilla es el otro cabo de la escala, que está integrado por la
comunidad de los bautizados, por la
Iglesia visible, de apariencia endeble y humana, a la que se
unen los hombres mediante la fe y los sacramentos para no hundirse en el
piélago sin fondo del error y de la maldad. Mas esta navecilla tiene, por
debajo de la línea de flotación, de manera no visible a los ojos humanos, una
bodega que alberga a todos aquellos que, sin haber recibido el bautismo ni
pertenecer a la Iglesia
visible, viven con la gracia del crucificado, haciendo lo que entienden que
Dios quiere y queriendo hacer todo cuanto Dios quiera.
La Iglesia es, pues, una misión en vías de cumplimiento y que está
todavía entre el tiempo y la eternidad. Aunque su fundación es para siempre y
su final será la
Jerusalén celeste, aún está, en la inmensa mayoría de sus
miembros, «entre» su fundación y su consumación; más aún, un número grande de
sus miembros todavía ni siquiera ha sido creado por Dios. Está consumada en su
cabeza y su cuello –permítaseme esa manera de situar a María–, pero del resto
del cuerpo parte está salvado y en espera de la resurrección, parte en
formación, parte en gestación, e incluso parte del cuerpo está por ser creado.
Con relación a nuestra capacidad
de conocimiento, esa escala, o esa misión, es sólo visible en su cabo inferior
y no en toda su envergadura. Con relación a su cumplimiento, los miembros de la Iglesia se sitúan en
distintas fases: sólo Cristo y María, que sepamos, la han consumado; muchos
otros la han terminado en su fase de prueba, pero no han llegado todavía al
estado definitivo (resurrección); otros la han terminado en su fase de prueba,
aunque no en la de justicia; y los que estamos en vida también pasamos por
fases muy distintas. Como los obreros contratados por el amo a la labor de la
viña, unos no han hecho más que comenzar el trabajo, otros llevan todo el día,
otros llevan algo menos, muchos no han oído todavía la llamada, otros ni tan
siquiera han nacido… Sin embargo, todos los que han aceptado o acepten la
gracia de Cristo pertenecen a la viña, sea de modo visible, sea de modo
invisible, y los que no hayan aceptado, o acepten, su llamada por lo menos al
final del día no se salvarán.
Esta diversidad de situaciones
no rompe la unidad de la
Iglesia, de manera que la Iglesia visible no está separada de la invisible,
como el cabo más bajo de la escala no está separado del que se ancla en la
eternidad. Pero debido a la diversidad de situaciones y a nuestra incapacidad para
ver la realidad espiritual tal como es, los hombres tenemos que distinguir
entre la Iglesia
institución histórica, compuesta por los bautizados viadores que creen en
Cristo y están en comunión con los pastores –por Él encargados de mantener su
unión y su vida transnatural durante el
peregrinaje por esta vida terrena–, y
la Iglesia universal,
de la que aquélla es parte y signo vivo, y en la cual se congregarán ante el
Padre todos los justos desde Abel hasta el último elegido al final de los
tiempos.
Es cierto que los modos
extraordinarios usados por Dios para incorporar a los hombres a su reino quedan
fuera del alcance de nuestro saber, pero también es cierto que esos modos han de
tener todos el mismo resultado, antes o después, en la vida o en la muerte: creer, con fe informada por la caridad, que
Cristo es el Hijo de Dios hecho hombre y muerto para salvarnos. Sólo así
podemos ser liberados del pecado de origen y de los nuestros propios, pues
quien así cree en Él ya tiene la vida eterna (Jn 3, 36) y está asociado a su Cuerpo.
En conclusión, fuera de la Iglesia universal no hay salvación posible,
aunque fuera de la Iglesia
visible sí quepa la salvación: la Iglesia visible es el
camino ordinario, fuera del cual existen caminos extraordinarios de salvación
sólo por Dios conocidos; pero fuera de la Iglesia universal e invisible, aquella que
constituye el Cuerpo completo de Cristo, no cabe salvación alguna. La Iglesia Cuerpo místico, a la
que pertenecen cuantos viven con la gracia de Cristo, no es un medio entre
otros, sólo válido para los cristianos, sino la única tabla de salvación, la
ofrecida por el madero de la cruz, el único arca de Noé que salva del diluvio
universal.
II.- LAS FUENTES HISTÓRICAS DEL
“EXTRA ECCLESIAM NULLA SALUS”.
Según le oí decir en su sermón, mi
querido Padre, s. Agustín habría sido el que propuso ese aserto. Y es verdad
que s. Agustín lo repitió, pero no fue el primero en proponerlo, pues él menciona
expresamente de quién lo ha tomado, a saber, de s. Cipriano. En la disputa
acerca de la necesidad de bautizar o no a los ya bautizados por los herejes
cuando querían ser admitidos en la
Iglesia, s. Cipriano junto con un buen número de obispos del
norte de África sostenía (erróneamente) que el sacramento del bautismo
administrado por los herejes no era válido, porque la falta de fe verdadera en quienes
lo administraban invalidaba el sacramento. Y así en una carta dirigida al
obispo Jubaiano, quien sostenía la validez del bautismo administrado por los
herejes, s. Cipriano afirmaba que fuera de la Iglesia no hay salvación (“salus extra Ecclesiam non est”), por lo
cual no podemos tener el bautismo en común con los herejes…con quienes no
tenemos en común la Iglesia.
Como el problema había sido replanteado por Donato y sus partidarios en la
época de s. Agustín, éste con un exquisito cuidado, y tras disculpar el error
de s. Cipriano, que no había conocido las enseñanzas del sínodo I de Arlés
(314) y del concilio I de Nicea (325),
no duda en aceptar el aserto, aunque no la conclusión de s. Cipriano.
S. Cipriano no remite de modo
expreso a ningún otro uso precedente de dicho aserto, pero sugiere la razón en
que se funda, a saber: que la Iglesia es la única que
posee toda la potestad de su esposo y señor.
Se puede decir que el dogma es deducido por s. Cipriano a partir de la unidad
de la Iglesia,
a la que alude siete veces en su carta, repitiendo varias veces que la Iglesia es una y que a
ella sola se le ha dado la gracia del (sacramento del) bautismo y el permiso
para perdonar los pecados.
Si Cristo es el único salvador, y traspasó a su única Iglesia su poder redentor,
fuera de su Iglesia no cabe la salvación.
Pero, como Vd. sabe, mi querido Padre,
los cristianos no creemos en ese dogma porque lo adelantara s. Cipriano y s.
Agustín lo hiciera suyo, sino (i) porque
recoge el espíritu del mandato
evangélico de ir a todo el mundo y predicar la buena nueva a toda criatura, de
manera que los que crean y se bauticen se salvarán, pero los que no crean se
condenarán,
y (ii) porque lo recoge no según nuestra interpretación personal, no a nuestro
gusto y opinión, sino según lo entiende la propia Iglesia bajo la acción del
Espíritu Santo, tal como lo muestra la amplísima tradición que lo respalda,
y que lo ha llegado a proponer a nuestra fe en declaraciones y definiciones
solemnes y universales.
La base del dogma radica, como
s. Cipriano sugiere, en el artículo del credo que dice “creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica y apostólica”.
En latín «una» significa «una sola»: la Iglesia es una y única, no existen dos Iglesias fundadas
por Cristo, sino que su unidad la hace única, máxime cuando, además, es
católica o universal, de manera que no caben dos Iglesias «católicas». Un
primer paso en el desarrollo expreso del dogma lo encontramos en el Símbolo “Quicumque”, que dice en su comienzo: “Todo
aquel que quiera salvarse ante todo es necesario que tenga la fe católica: quien
si no la conservare íntegra e inviolada, sin duda perecerá por la eternidad”.
Aunque no se menciona aquí el nombre de la Iglesia, no resulta dudoso que se refiere a la fe
que profesa la Iglesia
universal. Para salvarse es necesario ante todo –no únicamente, pero sí «ante
todo»– tener y sostener firmemente la fe católica de la Iglesia, y guardarla de
modo íntegro e inviolado, so pena de
condenación eterna. Indirectamente se nos está diciendo, pues, que fuera de
la catolicidad de la Iglesia
no hay salvación. En el XVI Concilio Toledano (año 693) se afirma que todos los que de ningún
modo están o estuvieron en la
Iglesia, como Cuerpo cuya cabeza es Cristo, serán castigados
con pena de condenación perpetua.
Y en el 1208 el papa Inocencio III imponía en la profesión de fe exigida a los
Valdenses el confesar que la
Iglesia es una, católica, apostólica, y que fuera de ella no se salva nadie,
lo que fue corroborado en el Concilio Lateranense IV (año 1215).
El Papa Bonifacio VIII en la Bula
“Unam sanctam” (año 1302) afirma que por exigencia de la fe estamos obligados
a creer y sostener que existe una sola Iglesia, santa, católica y apostólica… fuera de la cual no se da la salvación ni la
remisión de los pecados, y que representa el único Cuerpo místico, del cual
es cabeza Cristo.
El Concilio ecuménico Florentino (1442-45) añadía a las palabras que ya cité en
el referido escrito anterior
lo siguiente: (La sacrosanta Iglesia
romana, fundada por la palabra de nuestro Salvador y Señor, cree firmemente) “que nadie puede salvarse, por muchas
limosnas que hiciere, incluso si derramara su sangre por el nombre de Cristo, a
no ser que permaneciere en el gremio y unidad de la Iglesia Católica”.
El Papa Pío IX (1846-1878) no sólo condenó la infundada esperanza de que puedan
salvarse los que no viven en la verdadera Iglesia de Cristo,
sino también el error, que se opone por completo a la doctrina católica, de los
que creen que los que viven separados de la verdadera fe y unidad católica
pueden alcanzar la vida eterna.
Sin embargo, aclaró que nadie se condena
sin ser reo de culpa voluntaria, de manera que los que viven en ignorancia
invencible acerca del cristianismo y que guardan la ley natural inscrita por
Dios en el corazón de todo hombre, llevando una vida honesta y recta, pueden conseguir
la vida eterna por la obra y el poder de la luz y de la gracia divinas.
Lo cual es propuesto por él como compatible con el dogma católico que afirma que nadie
puede salvarse fuera de la
Iglesia católica.
En cuanto a la calificación o
censura teológica de esta enseñanza, el propio magisterio de la Iglesia nos la indica
claramente: “Entre aquellas cosas que la Iglesia siempre predicó y
no dejará de predicar se contiene también aquel infalible dicho por el que se
nos enseña que “fuera de la
Iglesia no existe ninguna salvación”.
Si la Iglesia
predicó y predicará siempre este dogma,
el cual es calificado, además, de infalible,
entonces se trata de un dogma de fe católica; si, como hemos visto, está
contenido al menos implícitamente en el «credo
in unam, sanctam, catholicam Ecclesiam» o símbolo de la fe,
además de en la misión final encargada por Cristo a los apóstoles, entonces es
de fe divina; y si ha sido enseñado literal
y solemnemente por concilios ecuménicos y documentos pontificios, será de
fe definida. Considerado, pues, en conjunto es un dogma de fe divina y católica
definida.
Estamos, por tanto, ante una
verdad que es necesario confesar. Es bien conocida aquella regla a seguir en
las controversias que, erróneamente también,
se suele atribuir a s. Agustín: en las
cosas necesarias unidad, en las dudosas libertad, en todas caridad.
No me habría tomado tanta molestia ni habría dedicado tantas horas a escribirle
esta carta, si no fuera porque se trata de una doctrina en la que es necesaria
la unidad, según lo prueban los textos citados.
La grandeza, pues, de s.
Cipriano y s. Agustín radica en haber sido fieles al Espíritu Santo en punto tan
esencial, habiendo sabido inducir el dogma mencionado del símbolo de la fe y
del mandato evangelizador de Cristo, así como formularlo de manera concisa y
pertinente. Para disipar prejuicios nacidos del desconocimiento, me voy a
detener brevemente en la doctrina de s. Agustín al respecto, porque, si bien no
fue el primero en proponerlo, lo desarrolló de modo teológicamente amplio y
rico, y, por cierto, de modo muy distinto a como pudieran pensar algunos de los
que le atribuyen la invención del dicho.
Ante todo, S. Agustín discierne
netamente entre la Iglesia
visible y la Iglesia
invisible respecto del «extra Ecclesiam»,
he aquí algunos textos:
“Fuera se hacen algunas cosas en nombre de
Cristo, no contra la Iglesia;
y dentro se hacen cosas contra la
Iglesia por parte del diablo” (De baptismo contra Donatistas, IV, 8, 16, PL 43, 164).
“Incluso muchos que están abiertamente fuera,
y son llamados herejes, son mejores que otros muchos y buenos católicos. Pues
qué son hoy lo vemos, pero qué serán mañana lo ignoramos” (Ibid. IV, 3, 4, PL 43, 156.).
Este último texto nos indica un
importante asunto que escapa a nuestra mirada, pero no a la de Dios, a saber, el futuro, respecto del cual aclara el
Santo:
“Pues, en efecto, en la inefable
presciencia de Dios, muchos que parecen fuera están dentro, y muchos que
parecen dentro están fuera” (Ibid.
V, 27, 38, PL 43, 196).
Por tanto, la Iglesia universal es más
que la Iglesia
visible, pues ella incluye a todos los creyentes por encima del espacio y del
tiempo:
“Si Él es la cabeza, nosotros somos los
miembros: toda su Iglesia que está difundida por todas partes, de la que Él es
cabeza. No solo los fieles que ahora existen, sino los que fueron antes que
nosotros y los que habrán de ser después que nosotros hasta el fin del mundo,
todos pertenecen a su cuerpo” (Enarratio
in Ps. 62, 2, PL 36, 749).
A esta noción tan
universal de Iglesia, que es la completa y verdadera, no a la que se mide por
el mero alcance de nuestra información humana, sino por el de la divina, es a
la que se apela en el «Extra Ecclesiam
nulla salus». Téngase en cuenta, además, que, según S. Agustín, los hombres
pueden estar fuera de la
Iglesia, pero no los sacramentos, por esa razón el bautismo
celebrado por los herejes, si cumple todos los requisitos de forma y materia,
es un sacramento de la Iglesia