LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, CENTRO DEL MISTERIO DEL TIEMPO Y RECAPITULACIÓN DE LA HISTORIA SALVÍFICA HASTA LA PARUSÍA.

(“El día en el que actuó el Señor”, Sal 117, 29).

 

 

Joaquín FERRER ARELLANO

 

INTRODUCCIÓN

 

       Este estudio ha sido sugerido por la carta apostólica Novo millenio ineunte de Juan Pablo II, en el contexto de su magisterio sobre la historia de la salvación como despliegue temporal de la irradiación salvífica de la Resurrección de Cristo de entre los muertos –parte esencial e inseparable junto a su Pasión y Muerte, del misterio pascual del Señor, que culmina en la Ascensión y Pentecostés– en tanto que acontecimiento misteriosamente trascendente a la historia, hasta su retorno en gloria.

      

He aquí dos textos de la carta que tenemos especialmente presentes en este escrito.

 

        La verdad de la resurrección de Cristo es el dato originario sobre el que se apoya la fe cristiana (cfr. 1 Co 15, 14), acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo y que prefigura el último día, cuando Cristo vuelva glorioso. (...) Celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación “lo que constituye el eje central del la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo” (n. 35).

      

Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última. En efecto, es por medio de Él, Verbo e imagen del Padre, que <<todo se hizo>> (Jn 1, 3; cfr. Col1, 15). Su Encarnación, culminada en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo, la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (cfr. Mc 1, 15), más aún, ha puesto sus raíces, como una semilla destinada a convertirse en un gran árbol (cfr. Mc 4, 30–32), en nuestra historia. (Ibid n. 5).

 

       La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento que es, a la vez, históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado después de comprobar que el sepulcro estaba vacío, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios como “el primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18). Es, en efecto, el principio de nuestra propia resurrección: ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (cf Rm 6, 4), más tarde  por la vivificación de nuestro cuerpo (Cf. Rm 8, 11). (CEC 656 y 658), en un proceso que culminará en la transfiguración escatológica del Universo, cuando “Dios sea todo en todos” (1Cor 15, 28). Nosotros lo percibimos en distensión temporal, pero visto desde Dios –en el instante inmóvil de la eternidad– aparece como un único acontecimiento salvífico: “el día en el que actuó el Señor” (Sal 117, 29).

Cualquier acción del Dios hombre tenía una plena eficacia salvífica[1], pero por libérrima disposición divina –no sin hondas razones de conveniencia–, la redención no se consuma hasta su muerte y exaltación gloriosa. Pasión y Resurrección constituyen una unidad inseparable: la Pascua del Señor. La “hora” de Jesús, la Cruz gloriosa (cfr. Jn 12, 32), es la causa meritoria de su Resurrección y del don del Espíritu, (“fruto de la cruz”[2]).

 

Si hasta épocas recientes se veía la Resurrección reductivamente como supremo motivo de credibilidad y como un apéndice de soterología (la exaltación de Cristo una vez cumplida la redención en el Calvario) ahora se insiste, con razón –volviendo a la mejor tradición teológica– en su eficacia salvífica. Con toda la razón, pero con tal que se haga sin menoscabo de la "hora de la glorificación del Hijo del hombre" (Jn 12, 32), que se cumple en su Pasión y muerte, incurriendo en un unilateralismo de signo opuesto. La resurrección de Cristo es, sun duda causa ejemplar y eficiente de nuestra resurrección de muerte a vida, pero en íntima unión con su pasión y muerte. “La vida cristiana se encamina a la resurrección, que es el fundamento de nuestra fe”. Pero, alerta el Beato Josemaría E. “no recorramos demasiado deprisa ese camino” (cfr. Es Cristo que pasa, 95). La Pascua es consecuencia del Jueves y Viernes Santo, y no al revés: sin Sacrificio no hay redención[3]. Y sin su presencialización sacramental, no se hace operativamente presente su eficacia salvífica de la Pascua del Señor en la historia que culmina en la escatología.

 

       Esta reflexión teológica se propone estudiar las diversas dimensiones  de ese proceso histórico de irradiación salvífica de la Pascua del Señor. Ella es, en primer lugar, en cuanto recapitula toda la existencia histórica de Cristo redentor, el centro del misterio del tiempo (I). Es, además, culminación y acreditación suprema de la Revelación; y abarca, recapitulándola, la historia salvífica bajo Cristo como cabeza (II). Aparece, en perspectiva trinitaria, como vértice de la autocomunicación de Dios, mediante la  doble misión conjunta e inseparable (cfr. CEC 702) del Verbo y del Espíritu –las dos manos del Padre– que congregan en unidad a los hijos de Dios, de todas las etnias y tiempos, dispersos por el pecado, en la fraternidad eclesial del Cristo total que incluye a todos los hombres que aceptan con buena voluntad el don salvífico del Espíritu (III), hasta que se complete el número de los elegidos en la plenitud escatológica del Reino, en el universo transfigurado en la Pascua eterna (IV). Veámoslo.

      

 

I. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO CENTRO DEL MISTERIO DEL TIEMPO.

 

       Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida trinitaria. Frustrado el plan originario de comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (cfr. CEC 71), ­­comienza a realizarse el designio benevolente del Padre de reunir a los hijos de Dios dispersos por el pecado (Jn 11, 52). Como reacción al caos, que el pecado provocó, envía al Hijo y al Espíritu (las "dos manos del Padre”) para congregarlos en el pueblo de Dios Padre que es la Iglesia del Verbo encarnado unificada por el Espíritu. (Cfr. CEC, 761) Es un proceso que abarca la historia entera de la salvación que culmina en la recapitulación de todos las cosas en Cristo glorioso, triunfador de la muerte en el misterio pascual[4].

       La obra salvífica de Dios es histórica[5]. La historia profana y la historia salvífica son en realidad dos dimensiones –orden de la creación y orden de la gracia– de una historia única.  Se lleva a cabo a través de una sucesión de acontecimientos libres –que emergen del concurso de la Libertad eterna increada y, fundada en ella, de la libertad creada– situados en el tiempo, que aportan algo nuevo y producen algún cambio. Son los kairoi, los tiempos dispuestos y propicios, para un acontecimiento dado (cf. Mc 1, 15; Gál 4, 4; Ef 1, 10). La historia es –como dice acertadamente L. Polo– un discontinuo de comienzos libres[6].

 

HEGEL desfigura la historia bíblica en clave dialéctica inmanentista, inspirada en SPINOZA y en la gnosis dialéctica de J. BÖHME[7]. Tampoco cabe interpretarla como una evolución ascendente y universal desde el átomo hasta el Cristo cósmico, punto omega de un proceso inmanente expuesto a la amnera de TEILHARD– con un lenguaje poético cuya ambigüedad parece sugerir un inmanentismo radical sin trascendencia creadora y gratuidad en el designio salvífico sobrenatural que culmina en el misterio de la recapitulación de todo en Cristo.

 

       Las etapas históricas señaladas por los acontecimientos son verdaderos momentos cualitativamente distintos, en progresión creciente extensiva e intensiva de la autocomunicación de Dios; tanto en la preparación de la Encarnación, como en su realización en la existencia histórica de Jesucristo (se produjeron venidas sucesivas del Espíritu sobre Jesús hasta su consumación pascual)[8] y en el ulterior despliegue de su plenitud desbordante, por el ministerio de la Iglesia peregrina –como sacramento universal de salvación–, hasta la escatológica recapitulación (Ef 1, 10) de todo en el Cristo total de los hijos de Dios dispersos por el pecado, en un universo transfigurado al fin de la historia salvífica, en la Parusía del Señor entronizado a la derecha del Padre desde la gloriosa Ascensión a los cielos. Es por ello, centro del misterio del tiempo.

       En Cristo la cumbre del progreso histórico se da ya, virtualmente, en la consumación del misterio Pascual. Comienzan con El, los tiempos escatológicos (la plenitud de los tiempos). La historia de la salvación es mero despliegue de su plenitud desbordante –por anticipación o derivación de la Pacua del Señor–  hasta la formación del Cristo total, cuando se complete el número de los elegidos en un universo transfigurado: nuevos cielos y nueva tierra.

 

“El día en que Cristo resucitó de entre los muertos (que se hace presente en el domingo, la Pascua semanal) es también el día que revela sentido del tiempo. (...) Atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta  que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo, la Parusía, anticipada ya de alguna manera en el acontecimiento de la Resurrección. En efecto, todo lo que ha de suceder hasta el fin del mundo no será sino una expansión y explicitación de lo que sucedió en el día en que el Cuerpo martirizado del Crucificado resucitó por la fuerza del Espíritu y se convirtió a su vez en la fuente del mismo Espíritu para la humanidad. Por esto, el cristiano sabe que no debe esperar otro tiempo de salvación, ya que le mundo, cualquiera que sea su duración cronológica, vive ya en el último tiempo”[9].

 

       Las audiencias generales del Santo Padre de los últimos meses de 1997, tuvieron como tema el misterio del tiempo, a la luz de Cristo. Publicadas bajo el epígrafe “Cristo en la historia”­. Comenzaba así la primera sección de la escatología cristiana (“creo en la vida eterna”), en la que culminaban sus admirables catequesis sobre el Credo. En ellas explica el porqué y en qué sentido la resurrección de Cristo es el centro del misterio del tiempo en cuanto culminación de la Encarnación que inicia el ingreso de la eternidad en el tiempo histórico del hombre para salvarle. He aquí un resumen de su argumentación, que glosamos a continuación.

 

        Dios es el señor del tiempo no sólo como creador del mundo, sino también como autor de la nueva creación en Cristo. Él ha intervenido para curar y renovar la condición humana, profundamente herida por el pecado. Al crear el universo, Dios creó el tiempo. De él viene el inicio del tiempo, así como todo su desarrollo sucesivo en la historia.

        La entrada en la eternidad en el tiempo a través del misterio de la Encarnación hace que toda la vida de Cristo sea un período excepcional. El arco de esta vida constituye un tiempo único, tiempo de la plenitud de la Revelación, en la que Dios eterno nos habla en su Verbo encarnado a través del velo de su existencia humana. Aplicándose a sí mismo la expresión <<Yo soy>>, Jesús hace suyo el nombre de Dios, revelado a Moisés en el Éxodo. En el evangelio de San Juan esta expresión aparece varias veces en sus labios (cfr 8, 24, 28, 58; 13, 19). Con ella Jesús muestra eficazmente que la eternidad, en su persona, no sólo precede al tiempo, sino también entra en el tiempo.

        Por este misterio, la historia humana ya no está destinada a la caducidad, sino que tiene un sentido y una dirección: ha sido como fecundada por la eternidad. Se trata del tiempo que permanecerá para siempre como punto de referencia normativo: el tiempo del Evangelio. “El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad.        Es una transformación que afecta al destino de toda la humanidad, ya que <<el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre>> (Gaudium et spes,  22). Vino a ofrecer a todos la participación en su vida divina. El don de esta vida conlleva una participación en su eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a propósito de la Eucaristía: <<El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna>> (Jn 6, 54)[10].

 

       La Pascua del Señor es el misterio recapitulador de todos los “acta et passa Christi”. Todos los instantes de su existencia histórica tenían un valor infinitamente satisfactorio y meritorio. Pero aunque infinitamente salvíficos en sí mismos, por disposición divina no eran redentivos sino en cuanto intencionalmente referidos al Sacrificio del Calvario, que mereció la resurrección de entre los muertos, su ascensión a la derecha del Padre y el envío del Espíritu – fruto de la Pascua del Señor–, que nos hace partícipes de la novedad de vida de Cristo glorioso. “El Verbo hecho hombre no es disposición próxima para nuestra resurrección, sino el Verbo hecho hombre y resucitado (resurgens) de entre los muertos”. (Tomás de Aquino, III, Sent, dist. 21, q2 a1 ad1). Nuestra nueva vida en Cristo es, pues, obra del Cristo resucitado en cuanto resucitado (Sum. Th. III q56 ad3)[11]. Es el misterio recapitulador en el que convergen todos los misterios –acciones y pasiones– de la vida de Cristo; cada uno en si mismo de valor infinito. Son, pues, “causa salutis aeternae”; pero lo son en tanto que recapitulados en la “consumación” pascual (cfr. Heb 5, 9) de la existencia redentora de Cristo.

 

        Valga como ilustración por analogía la comparación con el misterio de la transubstanción eucarística. Todas las palabras de la consagración sacramental son eficaces. Pero sólo cuando concluye la recitación de las mismas que significan y realizan la singular y admirable conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo –al pronunciar el último fonema que se requiere para expresar el sentido teológico que “anuncia la muerte del Señor hasta que venga”– acontece la presencia salvífica de Cristo ofreciendo el divino Sacrificio del Calvario: de la “hora de la glorificación del Hijo del hombre”, para realizar la obra de salvación  con la cooperación de su esposa, la Iglesia (que aporta –como don de la Esposa– lo que falta de la Pasión de Cristo su Esposo).

 

       La “Hora” de Jesús, es el momento supremo establecido por el Padre para la salvación del mundo; la Hora de la glorificación del Hijo del hombre, cuando atrae todo hacia sí en el trono triunfal de la Cruz (cfr Jn 12, 23 ss.). Jesús muriendo a impulsos del Espíritu eterno  (Heb 9, 14), que poseía como hombre en plenitud de gracia y de verdad, “transmitió el Espíritu” (Jn 19, 30); expresión que históricamente significa devolver al Padre, mediante la muerte, aquel soplo vital que de El había recibido, pero que teológicamente indica también el don del Espíritu a los creyentes. Aquel Espíritu que Él mismo ha recibido del Padre, se derrama ahora como fruto de la Cruz, en el mismo el momento en que, después de la resurrección, dirigiéndose a los Once, alentó sobre ellos y les dijo: “recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

       El estado de kenosis, de Siervo, culmina en al cruz y en el descenso a los infiernos; con la resurrección comienza otro glorioso, el del “sentarse a la derecha de Dios”. En el primer estadio Cristo recibió en Espíritu; fue santificado y guiado por él. En el segundo estadio, está “sentado a la derecha de Dios”, es hecho semejante a Dios y, de esta manera, puede como hombre incluso, dar el Espíritu. “La elevación mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su cumbre en la resurrección, en la cual se revela también como Hijo de Dios, "lleno de poder"  (Juan Pablo II, Dev 24). La resurrección–glorificación es el momento decisivo para que Jesús adquiera de una manera nueva la cualidad de Hijo en virtud de la acción de Dios por medio del Espíritu. “Nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios  con poder, según el Espíritu santificador, a partir de su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rom 1, 3–4)[12]. La efusión del Espíritu en Pentecostés –fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y la manifestación del poder adquirido por el Hijo ya sentado a la derecha del Padre– formó la Iglesia[13].

 

       La Pascua del Señor –su Muerte y Resurrección– alcanza “praesentialiter” todos los lugares y tiempos, no sólo por la virtus divina –que en virtud de la unión hipostática es propia de todos instantes de la vida de Cristo–, sino también por la virtus de su realidad humana plenamente deificada en el alma y en el cuerpo, que ha penetrado, en la integridad de su ser, y de su obrar salvífico  –recapitulado en su consumación pascual en la doble dimensión de su muerte in fieri y de su resurrección in fieri,– en la eternidad participada de la gloria para atraerlo  hacia la nueva vida por obra del Espíritu (cfr. Jn 12, 32) que todo lo renueva. Lo hace  todo a  través del ministerio de la Iglesia que culmina en la liturgia (SC 9), cuya raíz y centro es el misterio eucarístico “la fuente de la que todo mana y la meta a la que todo conduce” [14].

 

El Catecismo de la I. C. (n. 1085) lo expresa así: “En la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13, 1; 17, 1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6, 10; Hb 7, 27; 9, 12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida”.

 

       Comenzemos con la presencia metahistórica del acontecimiento de la muerte de Jesúsin fieri” en la Cruz, en el momento de entregar su espíritu al Padre –consumación y recapitulación de todos los misterios de la vida redentora de Cristo–, que hace posible su presencialización sacramental en el sacrificio eucarístico, de cuyo valor propiciatorio deriva toda la vida sobrenatural que el Espíritu Santo –como fruto redentivo de la Cruz de Cristo– derrama sobre el mundo para reconciliarlo con Dios (con la cooperación de la Iglesia, su Esposa).

       En el momento mismo de su muerte en la Cruz salvadora comenzó la plena glorificación de la humanidad de Cristo en su alma –en el instante mismo de la separación del cuerpo–, ya antes de la Resurrección. No porque el alma de Jesús no gozara antes de la visión inmediata de la divinidad[15], como afirman algunos autores, sino porque al separarse del cuerpo pasible –en el momento de la muerte "in fieri"–, cuando "inclinato capite tradidit spiritum", entró su humanidad íntegramente en la gloria de su plena semejanza divina. Estaba como “retenida” en el ápice de su espíritu, aquella plenitud de gracia consumada en visión que irá progresivamente penetrándola hasta invadir de modo plenario la integridad de su Humanidad, en la hora de la glorificación del Hijo del hombre (Jn 12,23), en la que atrae todo hacia si por obra del Espíritu. “Nondum erat Spiritus datus quoniam nondum erat glorificatus” (Jn 7, 39. Cfr. Heb 5, 9).

 

No fue la violencia padecida la que causó la separación del alma y del cuerpo de Jesús (Jesús murió antes de lo que esperaban sus verdugos). "Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo; nadie me la quita sino que yo la doy libremente... este es el mandato que he recibido de mi Padre" (Io. 10,17). Fue el amor, en su supremo grado, el que le hizo morir en un acto de supremo sacrificio por el que se somete voluntariamente al mandato de su Padre en un acto de perfecta obediencia libérrima[16]. El Verbo divino actuando por la instrumentalidad de su libre voluntad humana quiso el sacrificio supremo: que fuesen separados el cuerpo y el alma con la consiguiente privación de la vida humana, por la más total y terrible ruptura que pueda sufrir nuestra naturaleza. Y este holocausto, el mayor que cabe, lo quiso por amor a su Padre y a los hombres. En este momento la caridad de Cristo que era todavía "viator" franqueó el abismo que separaba lo finito de lo infinito, en un grado de perfección suprema e insuperable, que corresponde a la caridad que poseía como "comprehensor", en el paraíso de su alma; más allá de la serie infinita de grados de perfección creciente ("crecía en edad, sabiduría y gracia")[17].

 

Cuando, inclinando la cabeza, entregó su espíritu, (Jn 19,30), entró por sus padecimientos, en su gloria (Cf. Lc 26,27) de manera plena: consumado, quedó constituído, como nuevo Adán, Cabeza de la nueva humanidad de "hijos de Dios dispersos por el pecado” (Jn 11,52), y como causa salutis aeternae (Cf Heb 5,9), para cuantos la invocan con fe, atraídos (Jn 12,32) por la gracia del Espíritu que conquista para nosotros desde la Cruz salvadora. Aquel acto de caridad infinita por el que entregó su espíritu a su Padre –provocándole el estado de muerte, por separación del cuerpo (el cadáver fue sepultado) del alma glorificada que descendió a los infiernos– aquel acto, repito, entró a participar de la eternidad participada propia de la gloria y alcanza –en su virtud– “praesentialiter” toda la historia de la salvación. La sombra salvífica de la Cruz gloriosa abarca así a todos los hombres de todos los tiempos.

 

       En cuanto a la presencia metahistórica del hecho mismo de la Resurrección in fieri, no puede entenderse, obviamente, como una permanencia in aeternum del tránsito de muerte a vida, porque el estado de muerte –a diferencia de su muerte in fieri, como acto de amor obediente, en el sentido explicado–, respecto al cuerpo del Señor, es sólo pasado y no ha penetrado, en sí mismo, en la eternidad. En cambio, sí es permanente –eterno por participación– el surgir de la nueva vida inmortal de Cristo (merecido por su amor obediente hasta la la muerte de cruz, Fil 2, 8–9).

 

Esto, quizá, explica –según F. Ocáriz– por qué Santo Tomás afirma que la causa eficiente de nuestra futura resurrección será Cristo resucitado, y otras veces que será Cristo resucitando. Misteriosamente, los dos conceptos de algún modo coinciden[18].

 

       He aquí porqué el resurgir de Cristo a una novedad  de vida, es –en unión indisoluble con su muerte “in fieri”, libremente aceptada con la que forma un único misterio pascual–, el “día en el que actuó el Señor”; pues en él convergen y se recapitulan todos los instantes de la existencia redentora de Cristo, que lo anunciaban y anticipaban; y domina todos los tiempos con una permanente presencia: que atraviesa, como un eje, la historia humana para librarla del poder de las tinieblas. La irradiación salvífica del misterio pascual atraviesa la historia desde alfa hasta el omega. Es, verdaderamente, el centro del misterio del tiempo, que prefigura el última día cuando Cristo vuelva glorioso a entregar su Reino al Padre. (Cfr. Tertio Milenio ineunte, 35).

 

 

II. CRISTO VENIDO EN LA CARNE, MUERTO Y RESUCITADO, DOGMA FUNDAMENTAL DE LA REVELACIÓN DIVINA EN EL QUE CONVERGEN TODOS LOS MISTERIOS DEL CRISTIANISMO, Y RECAPITULA LA HISTORIA ENTERA DE LA SALVACIÓN[19].

 

Veamos a continuación cómo –en su acontecer histórico y en su presencialidad metahistórica– el misterio pascual es la culminación y acreditación suprema de la Revelación. Y cómo  abarca, recapitulándola, toda la historia humana, en virtud de la eternidad participada, que le hace salvíficamente presente a lo largo del tiempo y del espacio hasta la Parusía; construyendo en la historia el Reino de Dios hasta su consumación en la Parusía. Antes de Cristo venido, por anticipación del misterio Pascual. Después, por derivación, en y a través de la actividad salvífica de la Iglesia

La sombra de la Cruz gloriosa del Mesías triunfador de la muerte –la schekinah, manifestada a veces en la gloria de la nube luminosa en la teofanías del Antiguo Testamento (cfr. CEC 697)– es la irradiación de la Pascua del Señor, que se proyecta salvíficamente desde las puertas del paraíso perdido, en virtud de la espera confiada –más o menos explícita– en la salvación mesiánica. Sólo después de Cristo venido desplegará su pleno “poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos” (Rom 1, 4), desde Pentecostés, por el ministerio de la Iglesia, cuya fuente y culminación es su vida litúrgica que tiene su centro y raíz en el Sacrificio eucarístico.

Su ascensión y entronización a la derecha del Padre “le constituye en los cielos Dios y Señor en plenitud de poder, enviando desde allí los dones divinos del Espíritu a los hombres” (cfr. S. Th. III, 57, 6), en orden al establecimiento de su reino mesiánico, que implanta progresivamente su señorío universal, en y a través del misterio de la Iglesia –que vive de la Eucaristía, raíz y centro de su actividad–, como instrumento de la progresiva dilatación del Reino de Dios hasta su plenitud escatológica en la Parusía.

 

 

       1/ La resurrección, plenitud de la revelación y su acreditación suprema.

 

        <<La resurrección de Cristo está estrechamente unida con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su cumplimiento, según el eterno designio de Dios. Más aún, es la coronación suprema de todo lo que Jesús manifestó y realizó en toda su vida, desde el nacimiento a la pasión y muerte, con sus obras, prodigios, magisterio, ejemplo de una vida perfecta, y sobre todo con su transfiguración. El nunca reveló de un modo directo la gloria que había recibido del Padre antes que el mundo fuese (Jn 17, 5), sino que ocultaba esta gloria con su humanidad, hasta que se despojó definitivamente (cfr. Flp 2, 7–8) con la muerte en la cruz.

        En la resurrección se reveló el hecho de que en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección completa la manifestación del contenido de la Encarnación. Por eso, podemos decir que es también la plenitud de la Revelación. Por lo tanto, ella está en el centro de la fe cristiana y de la predicación de la Iglesia>>. (JUAN PABLO II, “Audiencia general”, 8–III–1989, 9).

        Es como "la clave de bóveda de todo el edificio de la revelación (...). Toda la predicación de la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, o a través de los siglos y de todas las generaciones , hasta hoy, se refiere a la resurrección, y saca de ella fuerza impulsora y persuasiva, así como todo su vigor" (JUAN PABLO II, Ibid).

 

       La resurrección de Jesucristo es, pues, al mismo tiempo punto culminante de la historia de la salvación y, por tanto, objeto central de la fe, que implica –como clave de bóveda y coronación de todo el edificio de la revelación– todos los misterios revelados; y su acreditación como motivo supremo de credibilidad de la misma. Todos los otros signos de credibilidad –milagros y profecías– convergen en el "signo de Jonás. Son "gestos", "prefiguraciones", o "anuncios" que anticipan la resurrección del Señor de entre los muertos y convergen en ella, como interpreta Jesús la ley y los profetas en su conversación con los discípulos de Emaús.

        La resurrección es, por ello, el fundamento de la fe cristiana: la confirmación de todo lo que el Señor había "hecho y enseñado" y de su propia divinidad; de que era verdad, lo que había afirmado: "antes de que Abraham existiera, Yo soy" (Jn 8, 58). Yo soy: YHWH, el Hijo de Dios.

Como acreditación suprema de la fe, está conectada con una serie de signos históricos atestiguados por el Nuevo Testamento, tales como la muerte de Jesús, la situación de los discípulos, la sepultura, el sepulcro vacío, el primer anuncio a las mujeres, las apariciones, la comunidad reunida, germen de la Iglesia (nacida “quasi in occulto” del costado abierto de Cristo, y manifestada como tal en Pentecostés), la primera predicación  apostólica[20].

 

 

       2/ El misterio Pascual centro y recapitulación de la historia del mundo.

 

La Encarnación del Verbo por obra del Espíritu (las dos manos del Padre) es para S. Ireneo la ley de la historia de la Salvación en su integridad. Esta es concebida por él como un progresivo acercamiento de Dios al hombre en el Espíritu por el Verbo, y del hombre a Dios en el Verbo por el Espíritu, en una proximidad que alcanza su vértcie y perfección en el Hombre–Dios y se actúa desde el principio por anticipación del misterio pascual. En realidad, comienza con la creación ordenada a esta finalidad.

 

"La resurrección de Cristo es el mayor evento en la historia de la salvación y, más aún, podemos decir que en al historia de la humanidad, puesto que da sentido definitivo al mundo. Todo el mundo gira en torno a la Cruz, pero la cruz sólo alcanza en la resurrección su pleno significado de evento salvífico. Cruz y resurrección forman el único misterio pascual, en el que tiene su centro la historia del mundo. Por eso, la Pascua es la solemnidad mayor de la Iglesia: ésta celebra y renueva cada año este evento, cargado de todos los anuncios del Antiguo Testamento, comenzando por el Protoevangelio de la redención, y de todas las esperanzas y las expectativas escatológicas que se proyectan hacia la <<plenitud del tiempo>>, que se llevó a cabo cuando el reino de Dios entró definitivamente en la historia del hombre y en el orden universal de salvación" (JUAN PABLO II, Audiencia general 22–II–89).

 

       No se entendería toda la riqueza de la resurrección de Cristo si se la viese como un hecho aislado, que de repente acontece de un modo singular. Sólo en el conjunto de la intervención salvífica de Dios en la historia se comprende plenamente su sentido.

       Esta historia de la salvación humana, comenzada en la creación, prefigurada en el Protoevangelio, puesta en acción de modo singular con Abraham y la promesa, realizada en figura con la liberación de Egipto y la Alianza, fue anunciada proféticamente como salvación mesiánica y Alianza segunda y definitiva con al efusión del Espíritu Santo y con la promesa de vida y resurrección. La historia de la salvación desemboca en Cristo. Todo culmina en su muerte redentora y en su gloriosa resurrección, ascensión, y envío del Espíritu –la Pascua del Señor– como inauguración de la victoria sobre la muerte y el pecado[21].

 

      Es más, los hechos de la vida de Cristo son la continuación, de forma más perfecta y definitiva, de las grandes obras de Dios en el Antiguo Testamento, que atestiguan la virtualidad salvífica de los primeros, al paso que disponen a la humanidad caída a su advenimiento. Antiguo y Nuevo Testamento son las etapas sucesivas de un mismo designio de Dios en las cuales se manifiestan “las mismas costumbres” de Dios –según la antigua tradición patrística que se remonta a San Ireneo–, se hacen presentes el Verbo y el Espíritu con perceptibilidad históricamente discernible (a la luz –por supuesto– del Nuevo Testamento) (22).

        La profecía nos muestra en los acontecimientos mesiánicos escatológicos la continuación de las grandes obras de Dios en el Antiguo Testamento que los prefiguran tipológicamente. Hechos y palabras proféticas en unidad estructural significan y contienen  el misterio de la salvación del hombre por la autocomunicación de Dios  por el Verbo en el Espíritu. No otra es la esencia de la divina Revelación (Cfr DV, 2).       

 

       A esta luz, la Encarnación del Verbo no se nos aparece como un acontecimiento inusitado, sino como la consumación de un designio que alienta desde los orígenes de la historia, ya que desde estos, se manifiesta un Dios que interviene salvíficamente en la historia humana. (Cfr. DV 3; CEC, 410). Y la Encarnación redentora cuya consumación es la Pascua del Señor será su suprema intervención escatológica, en un proceso que concluye con la recapitulación  en el  Cristo total, de cuantos hayan abierto su corazón al don del Espíritu, en un universo transfigurado[22].

       Después de la venida de Cristo a la historia no es un más allá de Cristo en el sentido de un rebasamiento. Cristo resucitado es el centro de esa historia. Ésta constituye únicamente el desenvolvimiento en la humanidad entera –y en el cosmos– de lo que primero fue consumado en Él con los acontecimientos pascuales. En este sentido, Cristo, fin de la historia, es también centro de la historia, en la medida en que todo lo que le precede, desde las puertas del Paraíso prepara su venida –con la fuerza de su Espíritu que irradia desde el misterio pascual– y todo lo que le sigue emana de Él; estableciendo progresivamente su Reino, que “echa fuera” al prícipe de este mundo (cfr. Jn 12, 31), por anticipación o derivación, a lo largo de la historia de la salvación, que es una lucha dramática de la descendencia de la mujer con la antigua serpiente y las fuerzas del mal.

 

Cristo vino, enviado por su Padre con la fuerza del Espíritu, a “destruir las obras del diablo” (Jn 3, 8), para arrebatarnos de su poder tiránico y conducirnos al Reino del Hijo de su amor (cfr. Col 11 13). La dura batalla contra los poderes de las tinieblas, en un mundo que yace tras la caída, “bajo el poder del maligno” (1 Jn 5, 19), no concluirá hasta el último día (GS 37b). Pero Cristo ha vencido al maligno. La victoria en el combate, que concluirá al fin de la historia con el triunfo del Cordero (cfr. Ap 20 y 21), se va haciendo efectiva con el concurso de su libertad en aquellos hombres –uno a uno– que aceptan el don salvífico de Dios en Jesucristo, hasta que se complete el número de los elegidos en el Reino consumado en la Parusía del Señor que lo entrega al Padre una vez puestos sus enemigos debajo de sus pies (cfr.. 1Cor, 15, 26).

 

       La autocomunicación salvífica de la Trinidad en Jesucristo glorioso –triunfador de la muerte, y del príncipe de este mundo (Jn, 12, 31) en el misterio pascual– se realiza procesualmente con el doble movimiento de la alianza salvífica de Dios con el hombre, cuyas fases previas (Noé, Abraham, Moisés) preparan la nueva y definitiva alianza en la Sangre de Cristo: descendente (don del esposo) y ascendente (don de la esposa)[23].

 

a. El primero –descendente, que se cumple por gracias de mediación– coincide con la doble misión visible del Verbo y del Espíritu que culmina en la Encarnación a lo largo de toda la existencia histórica redentora de Jesús hasta su consumación en Pascua y Pentecostés, y continúa sacramentalmente presente en la Iglesia como comunidad sacerdotal orgánicamente estructurada (LG 11). Pertenece al orden –descendente– de la redención adquisitiva como oferta de salvación a la libertad humana. Comienza a realizarse de modo dispositivo –incoativo– por irradiación del misterio Pascual, que actúa por anticipación en el nunc de la eternidad participada en que entró su  humanidad glorificada, muriendo y resucitando a una vida nueva, desde las puertas del Paraíso, como anuncia el Protoevangelio; si bien adquiere perceptibilidad histórica discernible a partir de la vocación de Abraham, especialmente en las teofanías, en el arca de la alianza, y en los personajes elegidos –guías y conductores del pueblo, profetas, sabios, sacerdotes– que prefiguran e incoan la presencia visible salvífica del Verbo encarnado –en el Espíritu–, Mediador –sacerdote, profeta y rey– "nondum incarnatum, sed incarnandum", antes de la plena misión visible del Verbo y del Espíritu en la Encarnación y en Pentecostés.

 

       b. El segundo –de retorno, que se cumple por gracias de santificación, que requieren la libre cooperación humana, cuyo ejemplar trascendente es el “fiat” de la Virgen de Nazareth (Lc 1, 38), y el “ecce venio” (Heb 10, 7) de la humanidad del Verbo encarnado es obra de las misiones invisibles del Espíritu y del Verbo que recapitulan progresivamente bajo Cristo como nueva Cabeza de la humanidad caída y por El redimida –como nuevo Adán– constituyéndole “en pueblo de conquista”  (1 Pe 2, 9) de Dios Padre –que establece el Reino mesiánico– con el concurso de la libertad humana. Pertenece al orden –ascendente– de la redención subjetiva de retorno salvífico al Padre por la gracia justificante.

 

        Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (cf. Jn 17, 4)en la Pascua del Señor, fue envíado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés para que indeficientemente santificara a a Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu” (cf. Ef 2, 18) (LG 4a). La misión visible del Espíritu en Pentecostés, es la manifestación sensible de su misión invisible a lo largo de toda la historia salvífica –siempre conjunta e inseparable de la del Verbo–, que inhabitan –con el Padre que los envía, en la unidad de la "perikoresis" trinitaria– en los corazones que libremente acojan el Don salvífico ofrecido a la descendencia entera de Adán, de todas la etnias, lenguas y épocas (de muy diversas formas –algunas conocidas sólo por Dios–). Es el proceso ascendente de la redención aplicada o subjetiva de los hombres –uno a uno– que redunda en el cosmos de manera oculta (en virtud de las semillas y primicias del Espíritu) como don de la Pascua del Señor, hasta su plena consumación en los nuevos cielos y nueva tierra del Universo transfigurado haciéndoles partícipes de la plenitud de gracia capital de la humanidad de Cristo.

 

       Este proceso ascendente de retorno al Padre en la unidad del Cristo total, abarca la historia entera, desde las puertas del Paraíso perdido, hasta el Reino consumado metahistórico de la Jerusalén celestial, que es historia salvífica: la historia de la progresiva formación del Cristo total por la irradiación del misterio Pascual –por anticipación (en virtud de la confíada espera en la promesa mesiánica más o menos explícita, que abre caminos de salvación sólo a Dios conocidos) si es antes de Cristo venido; o, a partir de su venida, por derivación (mediante el misterio eucarístico, “que hace la Iglesia”)– hasta la recapitulación de todo en Cristo, cuando Dios sea todo en todo, desde el justo Abel hasta el último de los elegidos.

 

 

       3/. La inversión kenótica  trinitaria en el misterio pascual.

 

Entre las dos misiones invisibles del Verbo y del Espíritu, (movimiento de retorno al Padre, propio de la redención subjetiva o aplicada a cada hombre por obra del Espíritu como fruto de la Cruz) existe un orden inverso al de las procesiones eternas y al de las misiones visibles de la redención adquisitiva, como oferta de salvación (presente de modo sacramental en la Iglesia en virtud de las gracias de mediación). Es la llamada por Von Balthasar inversión kenótica trinitaria[24], inaugurada en el misterio Pascual, que marca el tránsito del estado kenótico del merecimiento de la existencia histórica de Jesús hasta hasta su muerte, a su glorificación:  su constitución en poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos (Rom 1, 4).

       Ambas misiones, siempre conjuntas e inseparables, se dan –como apuntábamos– según el doble movimiento, descendente y ascendente, de la alianza: don salvífico de Dios, y libre respuesta del hombre. El movimiento de Dios hacia el hombre es descendente, porque pasando por medio de Cristo alcanza su objetivo en el Espíritu, que se derrama salvíficamente en la humanidad –por anticipación o derivación– en la hora de la glorificación el Hijo del hombre que inaugura el misterio Pascual, como fruto de la Cruz. Comienza comunicando gracias de mediación ofrecidas a la libertad humana. En su retorno a Dios el hombre es conducido por una dinámica inversa, en un movimiento ascendente: viviendo por la actuación santificadora del Espíritu él se eleva con su libre cooperación, participada por la Filiación natural del Verbo encarnado –en la espera confiada del Mesías prometido, antes de su venida al mundo  en el que tiene acceso al Padre. Comenzemos por esta segunda.

 

       La introducción en la Santísima Trinidad como hijos de Dios Padre en el Hijo, se realiza –como hemos dicho– por el envío (misión invisible) de Espíritu Santo a nuestro espíritu[25], que –por la caridad– que derrama el Espíritu como fruto y culminación de la Pascua nos hace partícipes de la Filiación propia del Vebo, el Unigénito del Padre.

 

Que somos hijos de Dios por el Espíritu Santo, no significa que el Paráclito sea causa eficiente de la filiación adoptiva (la causa eficiente es Dios Uno y Trino), sino que somos introducidos en la vida intratrinitaria como hijos en el Hijo por la participación–comunión en el Espíritu Santo, por la caridad. La irrenunciable premisa de la unidad de la operaciones ad extra de Dios, exige afirmar que es la Santísima Trinidad quien comunica ad extra la naturaleza divina, adoptándonos como hijos. Pero esta acción “ad extra”, que es la elevación sobrenatural, tiene un términoad intra” de Dios. Una "introducción" en Él que "empieza" (no en sentido temporal) a través de la unión, por participación, con la Persona del Espíritu Santo, que es la caridad; unión que "plasma" en el espíritu finito la participación (semejanza y unión) al Hijo, por la cual en el Hijo se es hijo del Padre.

 

       De ahí la fórmula: “al Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo”. Es decir, como escribe Juan Pablo II, “Él mismo (el Espíritu Santo), como amor, es el eterno don increado. En Él se encuentra la fuente y el principio de toda dádiva a las criaturas” (...). Todo comienza por el Don del Espíritu Santo y termina por el cumplimiento de este Don, en la gloria”[26].

 

       Pero sin olvidar que la donación del Espíritu que inicia –y lleva a su consumación– este camino ascendente de retorno a Dios de la humanidad es, en la actual economía de la naturaleza caída y redimida, el fruto de la misión visible del Hijo –la Encarnación redentora–, que culmina en la cruz salvadora de la Pascua del Señor.

De ahí la fórmula “del Padre “por el Hijo” en el Espíritu Santo, inversa a la del párrafo anterior. Significa que hemos sido hechos hijos de Dios por la mediación de Jesucristo y de su acción salvífica en la misión visible de la Encarnación redentora –en el estado kenótico de la existencia de Cristo–, que culmina en la Pascua del Señor, (virtualmente anticipada a título dispositivo en la Antigua Alianza, y sacramentalmente presente en la Iglesia)[27]. Cristo glorioso nos envía –como fruto de la cruz– su Espíritu, que nos hace cristiformes (Cfr. Rom. 8). En el Espíritu Santo, pues nos entrega –en la Misión visible de Pentecostés– consumación del misterio Pascual en el que culmina la redención objetiva o adquisitiva– el mismo Espíritu que El ha recibido del Padre y de cuya plenitud pascual (gratia capitis) nos hace partícipes en la elevación sobrenatural por la “tractio” de la Pascua del Señor (cfr Jn 12, 32), presenzializada sacramentalmente en el Sacrificio Eucarístico –centro y raíz de la vida cristiana–; y esta participación es la caridad, que plasma en cuantos aceptan el don de Dios, cooperando libremente con Él, la participación en la Filiación del Verbo: “filii in Filio”, que retornan al Padre arrastrando consigo el cosmos irracional, al que está el hombre íntimamente vinculado (LG 51). También la creación visible será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cfr. Rom 8, 20).

 

      “En el instante supremo –el tiempo se une con la eternidad– del Santo Sacrificio de la Misa. Jesús, con gesto de sacerdote eterno, atrae hacia sí todos las cosas, para colocarlas, divino afflante Spiritu, con el soplo del Espíritu Santo, en la presencia de Dios Padre[28].

 

 

       III. DIMENSIÓN ECLESIAL DE LA IRRADIACÓN SALVÍFICA DEL MISTERIO PASCUAL EN LOS HOMBRES DE TODOS LOS TIEMPOS, ETNIAS Y TRADICIONES RELIGIOSAS.

 

       La teología de las religiones, tomando como base la universalidad de la acción del Espíritu Santo que irradia del misterio pascual, reconoce en ellas la presencia del Espíritu de Cristo, único Salvador. Precisamos aquí que esta afirmación es coherente, en primer lugar, con la doctrina conciliar de que hay elementos de “verdad” y de “gracia” en las religiones. En las tradiciones religiosas no cristianas existen “cosas verdaderas y buenas” (OT 16), “cosas preciosas, religiosas y humanas” (GS 92), “gérmenes de contemplación” (AG 18), y “elementos de verdad y de gracia” (AG 9), “semillas del Verbo” (AG 11, 15), “rayos de la verdad que ilumina a todos los hombres” (NA 2). Debemos reconocer que suscitando y alentando estos valores positivos y lo que hay de gracia en las religiones está el mismo Espíritu de Dios.

       Las religiones extrabíblicas son fruto del esfuerzo humano por responder a las preguntas fundamentales del hombre. Pero ese movimiento de la natualeza humana hacia Dios, está impulsado por Él no sólo en cuanto creador, sino también como redentor; es decir, por la gracia que irradia el misterio pascual –por anticipación o derivación– que alcanza a todos los hombres de todos los tiempos y etnias. “No sólo es un movimiento provocado por el deseo de encontrar un sentido último, sino que es Dios mismo, quien actuando (con su gracia) en la creación y en la conciencia humana, lleva al hombre a una respuesta. En este sentido no hay ninguna religión que sea meramente natural”[29].

       Esta acción del Espíritu en las religiones está siempre en relación de dependencia con Jesucristo. El Espíritu no revela nada de sí mismo, sino que todo lo hace en relación al Verbo. (Es la misión conjunta e inseparable del Verbo y del Espíritu –las dos manos del Padre– en la historia de la salvación). Por ello, la acción del Espíritu en las religiones se dirige especialmente a sembrar semillas del Verbo en sus creencias y ritos. El Espíritu, que preparó a la humanidad para la venida de Cristo y que hizo posible la encarnación del Verbo, sigue sembrando sus semillas y manifestando el Logos de Dios en las religiones como una preparación para el encuentro con Cristo.

 

       El Espíritu Santo es, según Juan Pablo II, “Aquél que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos[30]. Este misterio de la salvación alcanza a muchos hombres y mujeres “en el modo en que Él conoce” (modo Deo cognito; GS 22), “por vías que sólo Dios conoce” (viis sibi notis; AG 7) mediante la acción invisible del Espíritu de Cristo.

La encíclica Redemptoris missio subraya la obligación moral de todo hombre de buscar la verdad sobre todo la que se refiere a la religión, así como la de adherirse a la verdad conocida y ordenar su vida conforme a ella, tal como señala el Concilio Vaticano II en la declaración Dignitatis humanae. Pero, “es evidente que, tanto hoy como en el pasado, muchos hombres no tienen la posibilidad[31] de conocer o aceptar la revelación del Evangelio y de entrar en la Iglesia (...). Para ellos la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada a su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo: ella permite a cada uno llegar a la salvación mediante su libre colaboración” (R.M. n. 10).

 

        “Se trata –dice Juan Pablo II– de una relación misteriosa: misteriosa para quienes la reciben, porque no conocen la Iglesia y, más aún, porque a veces la rechazan externamente; y misteriosa también en sí misma, porque está vinculada al misterio salvífico de la gracia, que implica una referencia esencial a la Iglesia fundada por el Salvador. La gracia salvífica, para actuar, requiere una adhesión, una cooperación... Al menos implícitamente, esa adhesión está orientada hacia Cristo y la Iglesia. Por eso se puede afirmar también sine Ecclesia nulla salus: la adhesión a la Iglesia –Cuerpo místico de Cristo– que aunque sea implícita y, precisamente, misteriosa, es  condición esencial para la salvación. Las religiones pueden ejercer una influencia positiva en el destino de quienes las profesan y siguen sus indicaciones con sinceridad de espíritu. Pero si la acción decisiva para la salvación es obra de Espíritu Santo, debemos tener presente que el hombre recibe sólo de Cristo, mediante el Espíritu Santo, su salvación... De aquí la importacia del papel indispensable de la Iglesia”, que “no existe ni trabaja para sí misma, sino que está al servicio de una humanidad llamada a la filiación divina en Cristo”. Y sigue afirmando Juan Pablo II, “quien no conoce a Cristo, auqnue no tenga culpa, se encuentra en una situación de oscuridad y precariedad espiritual, que a menudo también tiene consecuencias negativas en el plano cultural y moral. La acción misionera de la Iglesia puede ofrecerle las condiciones para el desarrollo pleno de la gracia salvadora de Cristo, proponiéndole la adhesión plena y consciente al mensaje de la fe y la participación activa en la vida eclesial mediante los sacramentos” (Audiencia General 31–V–1995. Ver en JUAN PABLO II, creo en la Iglesia, ed. Palabra, 1998, 638–9).

 

       He aquí un intento de explicación teológica de esta misteriosa relación con la Iglesia (que he desarrollado con amplitud en otros escritos)[32].

       La Iglesia Esposa de Cristo, nacida como nueva Eva en el sueño de la muerte del nuevo Adán en el trono triunfal de la Cruz, sólo subsiste como una mística Persona –en sentido propio– en la Iglesia católica fundada en la firme roca de Pedro, en la integridad de sus elementos con­stitutivos, según la voluntad –"ius divinum"– de su divino Fundador; pero sub­siste en ella a título de sacramento univer­sal de salvación, que irradia salvíficamente a todos los hombres y arca de salvación, que atrae a su seno materno, a aquellos hombres de buena voluntad, en virtud de "los elementos de Iglesia", que se encuentran más allá de sus límites in­stitucionales, ya sean “medios de salvación” –Palabra y Sacra­mentos presentes en tantas confesiones cristianas (y par­tícipan por ello, de su plena ecle­sialidad, más o menos según los casos), que de ella derivan y a ella con­ducen– ya, en cualquier caso, la salvación misma: la gracia como "fructus salutis", que alcanza a todos los hom­bres de buena voluntad, aunque no hayan sido evan­gelizados[33].

 

      Refiriéndose a religiones o grupos no cristianos, J. Maritain califica los elementos de verdad y de gracia (AG, 9)que pueden facilitar una cierta apertura a la irradiación salvífica sobrenatural de Cristo, en y a través de la Iglesia, en una gradación –más o menos– inspirada en los textos del Vat. II., sobre la salvación de los no–cristianos, con una terminología sugerente que me agrada divulgar: –elementos de Iglesia en sentido impropio (monoteístas de ascendencia abrahámica, Israel en la medida en que su interpretación de la ley y los profetas no cierre sus caminos a su plenitud en Cristo– y del Islam).–pre elementos: (aludiendo a la mística natural del Brahamanismo), –sombras: (en el Budismo), –vestigios: (en determinadas formulaciones de algunos huamnismos), y –harapos de Iglesia (presentes en fenómenos sociológicos de vaga religiosidad, que buscan el sentido de la vida en el rechazo de una siciedad materialista, tales como el pintoresco mundo de los “hippies” de aquellos años 60)[34].

 

       La persona mística de la Iglesia, Esposa de Cristo, subsiste como un todo on­tológica­mente autónomo, en un cuerpo visible orgánicamente estructurado por "dones jerárquicos y carismáticos" (LG, 4), animado por la caridad a la que aquellos se ordenan. Con el Cardenal Journet podemos llamar "alma creada" de la Iglesia, la unidad orgánica de todas las gracias de la Redención –dispositiva o formalmente santifi­cadores– que derrama en la humanidad el Espíritu Santo[35] –su "Alma increada"–  como fruto de la Cruz –de la Pascua del Señor– con vistas a la comunión salvífica con Dios que obra la Caridad. Es el "fructus salutis", respecto al cual todos los otros dones salvíficos son medios ("charitas numquam excidit", 1 Cor 13,8).

       Ahora bien: a diferencia de nuestra alma, el "alma" creada de la Iglesia no es prisionera del "cuerpo" insti­tucional que ella infor­ma. Aunque inseparable de la ins­titución de la comunidad sacerdotal "organica­mente estruc­turada" en el triple vínculo sacramental, magisterial, y de régimen– que es el cuerpo que informa, se haya también en una multitud de hijos dispersos, como un semillero de estrellas en el mundo entero y de todas las épocas que no pertenecen visi­blemente a ese cuerpo sino a otras familias espirituales –otras religiones o tradiciones religiosas– o quizás a ninguna de ellas.

 

        J. Maritain observa justamente, que se dá un número creciente de hombres tan absorvidos por la barahunda de lo temporal que no tienen la menor preocupación por una familia espiri­tual cualquiera, o que no han encontrado entre ellas ninguna signi­ficativa en su búsqueda del sentido de su vida, pero que desean en el supra­consciente de su espí­ritu conocer la Verdad –en el Fundamen­to, Causa del ser, en última instan­cia– y lograr un estado de realización feliz de su ser por todos los medios que sean precisos, por des­conocidos que sean. Ese deseo –en acto en el supraconsciente del espíritu– hace de todo hombre de buena voluntad que no rechaze la gracia –que a todos sin excepción alcanza, de la plenitud de la gracia capital del Cristo muerto y resucitado por la salvación de todos y cada uno– un sujeto capaz de la gracia de jus­tificación que procede de Cristo[36].

 

       Ahí donde se encuentra un hombre de buena voluntad, abierto a la verdad y al bien, y receptivo –como consecuencia– a las divinas activaciones de la gracia, sea cual fuere la familia religiosa a la que pertenece, en la medida en que esa familia religiosa mantenga abiertos los caminos de la gracia de Dios, o –como antes señalába­mos– sin que pertenezca, qui­zás, a ninguna, ahí está virtualmente presente la irradiación pascual de la Persona de la Iglesia, de manera invisible, como sacra­mento universal de salvación[37]. Ahora bien, ahí donde opera la gracia, sea dis­positiva, sea formalmente santificadora, más allá de los lími­tes institucionales de la Persona mística de la Iglesia, se hace presente su alma creada, más allá de su cuerpo. Pero como el alma es de suyo arquitectónica, pues tiende de suyo a informar al cuerpo para el que ha sido crea­da, tiende "exigen­cialmente" a integrar a los sujetos en los que actúa, "atra­yén­dolos" a él en la progresiva configuración del cuerpo entero, sin fracturas, en la unidad subsistente de la totali­dad per­sonal, con todos sus elementos constitutivos. Arrastra por ello a sí a todo benefi­ciario de la gracia, en la medida en que penetra en su cora­zón, trasformándolo en hijo de Dios, o disponiéndole a serlo eventualmente en el futuro. Por eso está presente de modo tendencial e in­visible en ese cuerpo visible en el que "subsiste" la Persona de la Iglesia Esposa de Cris­to. Lo atrae a su seno materno, en el cual María ejerce su materna mediación, como arca universal de salvación. Está ahí presen­te, pues, de modo invisible, en la Iglesia visible. "Invisible a los ojos de todos y a sus propios ojos; se halla en la casa del Esposo como un amigo o un servidor ciego que no puede ver los tesoros que contiene".

 

       La Persona de la Iglesia es, pues –en resumen–, "sacra­men­to de salvación universal"; y –como consecuencia– atrae a sí a cuan­tos alcanza su influjo salvífico maternal como "arca de sal­vación". Su presencia vir­tual invisible en tantos corazones, fuera de sus límites ins­titucionales, es el fundamento de la presencia de estos –tam­bién invisible– en el Corazón de la Mujer –en su seno materno presente en el cuerpo visible de la Iglesia[38].

       Por muy alta que sea la gracia de la que eventualmente puede ser beneficiario un no cristiano, no puede desplegar todas las riquezas y exigen­cias que con­tiene, porque como dice el Card. Journet, la gracia cristiana es "de suyo" "sacramental" y "orientada" (por la Palabra magis­terial y discipli­nar del ministerio jerárqui­co), y requiere por ello de ese doble cauce para su pleno despliegue. Se ve entonces privado de la supera­bundan­cia de activaciones de verdad y de vida que recibi­ría de su plena inserción orgá­nica en el cuerpo institucional de la Iglesia[39].

       De ahí la urgente necesidad del apostolado "ad fidem"[40] en su doble dimen­sión ecuménica –con los cristianos disidentes– y misionera, a­quella dirigida a los no cristianos; así como de una pas­toral que sostenga y robustezca la fe católica de quienes estén ins­titucional­mente incorporados a la Persona mística de la Iglesia de modo pleno. La fe que no se aviva en la caridad, –que une el corazón a Dios–, y con la doctrina –que ilustra la inteligencia–, tiende a languidecer hasta perderse ante los embates del Maligno y del espíritu del mundo, en la dura batalla que anunciaba ya proféticamente el Protoe­van­gelio; que no cesa a lo largo de toda la historia bíblica, paradigma y profecía de la historia entera de salva­ción hasta la victoria escatológica del Cordero (Ap 19, 5–11) en el reino de los santos del Altísimo (Dan. 7,18).

       Las personas dóciles al Espíritu –y, con ellas, aquellos grupos o instituciones que han surgido de esta misma fuente inspiradora y santificadora (en la medida y en los aspectos en que así haya acontecido, de muy difícil discernimiento)– no dejarán de sentirse atraídas por una honda simpatía hacia determinados ideales cristianos. Esta simpatía desvela la presencia activa del Espíritu Santo en dichas personas o grupos. El fenómeno de la pronta y sincera conversión a la fe cristiana de una comunidad, es, sin duda, el signo más inequívoco de la actuación previa del Espíritu Santo en dicha comunidad, tanto en sus miembros como en algunas de sus instituciones.

 

        R. H. BENSON, (La amistad de Cristo, 2ªed, Madrid 1997, 52), ilustra con una significativa anécdota la afirmación de que Cristo ha vivido siempre, por los requerimientos de su gracia, en el corazón del hombre. Tras oir un sermón sobre la vida de J